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lunes, 16 de abril de 2012

El "Titanic" y la posibilidad de lo imposible

«El hombre elevándose a lo titánico pugna y conquista su cultura y obliga a los dioses a unirse con él, porque él en su propia sabiduría, tiene en sus manos la barrera y la existencia de estos dioses...»

Friedrich Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, 1872


Estos días los medios de comunicación recogen una de las efemérides más relevantes de cuantas han acontecido jamás: el centenario del naufragio del Titanic. Sin embargo, la raíz de la misma mitificación de este acontecimiento histórico no puede tenerse, sin más, como algo arbitrario y, así, atribuirlo a la sola magnificación del cinemascope. Pues el hundimiento del Titanic no fue un hecho coyuntural sino un hito en el devenir del pensar ontológico del hombre.
Decía, en este sentido, la Poética de Aristóteles que la supremacía de la Poesía con respecto a la Historia es que, mientras esta última narraba lo sucedido la segunda lo hacia con respecto a lo que podía suceder. Y, en este sentido, el Titanic no podía naufragar. Era improbable e inviable y, así, fue recogido por los medios de comunicación de la época. De este modo, el sustrato de pensamiento de aquel tiempo -lo que en términos modernos se ha llamado Zeitgeist y que podría equipararse con la poética de la Modernidad- dictó sentencia y esta, a su vez fue asumida por el ser del momento.
Sin embargo, sucedió lo imposible. Un témpano díscolo que se descolgó de las norteñas aguas árticas rasgo la quilla del insumergible trasatlántico condenándolo a yacer, para siempre más, en las más oscuras profundidades del Atlántico. Así, en la medida que lo certeramente imposible se conformó como real, el hecho invirtió la idea aristotélica, siendo el acontecimiento histórico aquello que deshacía su contingencia y, en esta medida, deviniendo esencial. Pues algo de lo sostenido hasta entonces entraba en una crisis metafísica.
Y el hecho es que la ciencia, hasta entonces, arraigada, fundamentalmente, en la corriente positivista, creía en el desarrollo sin límite; en la profusión de una fe ciega hacia las formulas físico-matemáticas que determinaban todo lo posible y, por extensión, también de lo imposible. Siguiendo, así, estas leyes imperativas acontecía la certidumbre de la imposibilidad de una posibilidad: la del fallo mismo. La conclusión era sencilla: el Titanic, era la máquina más perfecta jamás construida por la mano del hombre, cosa que lo convertía, por lo tanto en algo absolutamente infalible.
Así, algo debía cambiar para siempre, inevitablemente; pues la ciencia misma, aquello respecto a lo que el hombre moderno se había entregado sin ligadura alguna y hacia lo que había trasladado su ser, había fallado.

* * *

El hombre, sin embargo, se encuentra ineludiblemente vinculado a su historicidad y, en este sentido, el Titanic encarnaba a la perfección la idea de lo sublime en una sociedad que se había entregado a ella. En aquel momento, quizá, la tecnociencia ilimitada había comportado una sensación de cierto desbordamiento placentero. Lo sublime, por lo tanto, eclipsaba a lo bello. Para hacerse una idea de lo que significaba esto, puede uno remitirse a la lectura de la Crítica del Juicio de I. Kant, donde se contraponen, sabiamente, ambos conceptos. Así, mientras lo bello era aquello respecto a lo cual la intuición -esto es, los sentidos en su globalidad- determinaban un conjunto de sensaciones que no eran susceptibles a amoldarse a un precepto de la razón -o del entendimiento, dicho en términos kantianos-, lo sublime, invertía esa idea; era, pues, en este caso, el entendimiento lo que primaba ante la intuición. Así, mientras el entendimiento era capaz de pensar la infinitud, la intuición jamás podía ser capaz de representarla.
En esta medida, lo sublime producía una admiración reverencial en tanto que el hombre sentía su superioridad con respecto a lo sensible y, también, pues, con respecto a la naturaleza misma, en la medida que se entendía a ésta como el conjunto de cosas sensibles; pues solo su intelecto podía representar algo que la misma naturaleza no sabia dar. El hombre, pues, veía y sentía pero, en todo caso, conocía más allá de lo natural.
Sin embargo, lo más trascendental fue la negativa del mismo ser humano a reconocer que este pensar no era más que una derivación de algo acontecido mucho antes. El hombre, con su altivez, no quería reconocer y negaba sus orígenes, considerándolos superados y banalizando cualquier interpretación de los mismos. Sin embargo, éste está tan sujeto a la metafísica occidental como la Luna lo está, gravitacionalmente, a la Tierra y, esta, a su vez, al Sol. La modernidad, sin embargo, corría irrefrenablemente hacia una sola vinculación: la que emanaba de la doctrina tecnicocientifica, constituida como dogma de fe y respecto a la cual, cualquier duda, debía considerarse herejía.

* * *

En Grecia, algo muy distinto sucedió hace 2.500 años. Pues, en aquel momento lo infinito –y por lo tanto lo sublime- no existía como tal. Solamente era algo con lo que se tanteaba peligrosamente. Una temeridad que implicó, finalmente, su autoinmolación –siempre ontológicamente hablando-.
Era entonces cuando los griegos hacían y deshacían su ser, para luego volverlo a rehacer, en el teatro. El ser, pues de Grecia, se remitía al mismo acto teatral y, por lo tanto, este último distaba mucho de poder ser considerado como un mero ocio. En él, el hombre encontraba su lugar en el espacio en tanto que reconocía su condición y su posibilidad; el ámbito de lo propio. Así, se reconocía en esta propiedad autolimitandose e imposibilitándose de ir más allá. Este era el verdadero ejercicio catártico –que, asimismo, distaba mucho, también, de la idea de purificación cristiana-. Sencillamente, se pretendía colocar las cosas en su lugar; sin más.
De este modo, los ejemplos de la trasgresión de ciertos personajes respecto a su naturaleza humana -la hýbris, como la llamaban los griegos- ponía sobre la escena las severas consecuencias que comportaba esta acción. Casos paradigmáticos son, en este sentido los de Edipo o de Creonte, que, en su voluntad de ir más allá y, por lo tanto de tender hacia ese infinito, todavía embrionario, fueron severamente castigados por los dioses.

* * *

Llegados a este punto se debe proceder a coligar todo lo dicho y a exponer la conclusión. Así, como se ha afirmado al principio, el naufragio del Titanic no fue una coyuntura histórica de la que se pueda pasar por encima, sin consecuencias. Nunca, hasta entonces, confluyeron en un conjunto de variables -en este sentido, puramente coyunturales- altamente improbables, que cambiarían la cosmovisión del hombre en adelante.
Ciertamente, el Titanic naufragó. Su hundimiento trajo consigo mucho más que el elevadísimo tonelaje del mayor barco de vapor de la historia en el momento. Muchas más cosas debían desaparecer, en aquel momento, en aquellas frías aguas. En primer lugar, el positivismo acérrimo, inevitablemente, entraba en crisis; pues lo más absolutamente infalible devino falible, no sólo después de muchos usos, sino en el primero de ellos -esto es, en el viaje inaugural del Titanic, anunciado por la prensa anglosajona a bombo y platillo-. Así, aquel hombre, que exaltaba su vanidad de haber logrado descifrar las leyes universales de la física; de haber despojado a la naturaleza de su más íntimo intríngulis, se sentía impotente ante el fallo de su máquina más perfecta. La naturaleza, pues, había escondido una carta que no se supo prever y, contra todo pronóstico, ganó la batalla.
Pero, yendo más allá de lo dicho, el hombre no sólo negó su historia, sino que su misma altivez conllevó que la trasgresión se manifestara en el adjetivo sustantivado que daba nombre al barco: Titanic; esto es, ni más ni menos que aquello relativo a la más fuerte y desmesurada generación de dioses griegos. Pero, como si de una predestinación de la naturaleza se tratase y, como sucedía en las tragedias sofócleas, aquello que pretendió ir más allá de su ser y tentar la infinitud fue castigado con el no-ser. La hýbris inherente al conocimiento del suceso, fue extendiéndose sobre una sociedad que empezaba a estar mediatizada, ejerciendo, a su vez, un efecto catártico.
La conclusión, sin embargo, de este texto no es, en ningún caso, la de reforzar una concepción determinista, ni el pretender introducir la ontología de la Grecia, ya muerta. Lo relevante, es la inflexión que, curiosamente, en este caso tiene algo de reminiscencia hacia ese origen  griego; la naturaleza moderna -y sus dioses antiguos- volvieron a situar al hombre en su lugar cuando en su sustrato metafísico no existían límites sobre ello. Así, el Titanic -y sin negar, la dimensión de la tragedia en los términos de vidas perdidas- pasa a ser algo metafísicamente relevante. Pues la falibilidad, desde ese momento, es algo presupuesto, ya, en todo. Así, mientras la historia seguirá tratando este hecho como un acontecimiento inscrito en su linealidad cronológica, lo que quedará, quizá ya para siempre, es la asunción del fallo y la imposibilidad de lo imposible, como nuevos pilares en esta plataforma ontológica en la que hoy nos movemos.

jueves, 23 de febrero de 2012

“Shame”: aprisionamiento ante lo sexual


El sexo, todos convendrán en ello, es uno de los mayores placeres de la vida y, así, ningúna doctrina hedonista podrá considerarse satisfecho en plenitud si no introduce debidamente una dimensión de lo sexual lo suficientemente amplia. Sin embargo, mucho más allá de la multiplicidad de formas que puede adoptar el mismo sexo y de las afinidades que cada uno muestre con respecto a éstas, lo cierto es que cuando la pulsión sexual transceiende cierto umbral, aquello que en un inicio es placentero y liberador puede terminar convirtiéndose en un desgarrador aprisionamiento.
Steve McQueen, en Shame, y mediante una potencialidad visual poco común, penetra en el intríngulis de esa dolorosa complusión sexual. Ciertamente, hay que decir, que cuesta encontrar películas donde la plasticidad y/o la expresividad del cuerpo humano se desarrollen con tal maestría; coligandolo todo, además, con una envolvente cromática que, en cada caso, pone de relieve aquello que sale en escena. En este sentido Brandon (interpretado magistalmente por Michael Fassbender), se encuentra, casi todo el tiempo, enfrentado a la sordidez de unos tonos azules y grises metálicos. Colores que, a la vez, manifiestan una ciudad muy hostil hacia lo humano y todo el terreno sentimental.


Brandon es un hombre que posee cierto éxito profesional, pero enclaustrado, a su vez, en la multiplicidad inerte de los rascacielos y de las extensas redes de metro de la megalópolis. Un espacio donde todo se ha vaciado de contenido en la medida en que ya nada es diferente al resto. Así, y en medio del desarraigo espacial y humano, Brandon se acoge compulsivamente al sexo, no como una forma de liberación o de mero pasatiempos, sinó como lo único que puede ocupar esa vacuidad de un espacio esencial en su ser. Un compartimento espacial que no puede sinó ser ocupado por lo fungible del mismo instante, el mismo del propio acto sexual, y en el cual su líquido se escurre tan pronto como éste ultimo termina.
La sordidez fría y metálica que envuelve la imagen fílmica, sin embargo, se invierte profundamente con la presencia de Sissy, hermana de Brandon y personaje totalmente antitético a éste. Se puede afirmar, sin duda, que el momento más mágico de la película es su emotivísima interpretación de New York, New York. Allí el calor impregna incluso la fotografía, creando un clímax sentimental que hará desestabilizar toda la estructura mental del protagonista. Allí, quizá, entre por primera vez, un líquido dentro de dicho compartimento vacío de la mente de Brandon que yacerá permanentemente en su interior, recordando, asimismo, la presencia de la misma vacuidad. A la vez, su permanencia desprenderá un vapor que corroerá dolorosamente las infranqueables paredes de este espacio inhóspito de la mente del protagonista.


A partir de este momento, el dolor, el conflicto –el propio y el fraternal- y la evasión, serán el leitmotiv que irán guiando el desarrollo posterior de la película que, al mismo tiempo, irá intensificántose a medida que avancen los acontecimientos. Un gran filme para tratar la vertiente más seria y cruel de un tema que la mayoría de veces es objeto de una consideración excesivamente frívola y despreocupada.

martes, 31 de enero de 2012

Malditas agencias de "rating"

Mientras Europa se sume en una nueva y severa recesión, las maldichas agencias de ráting anuncian en sus cuentas unos beneficios ignominiosos. Pues la crisis no es que les haya resultado indiferente sino que, más aún, les ha proporcionado el gran trampolín de lanzamiento para poseer casi el completo de la gobernanza económica global. No ha bastado con las sospechas que recaen sobre estos agentes de ser causantes directos de la Gran Recesión, sino que, además, han sabido aprovechar funestamente la oportunidad para tomar los hilos y, así, mover y remover; y poner y deponer, incluso, gobiernos enteros de naciones que, se dicen, soberanas. Simplemente, a su libre -e interesado y especulativo- albedrío. En esencia, han actuado como los tenedores de los hilos de un teatro de marionetas donde todo es posible y donde el objeto de lo posible es la totalidad del Mundo. A su vez, en correspondencia con este mundo cibernético en el que vivimos, todo ha quedado reducido a una sencilla combinación binaria de dos letras que se manejan con la frivolidad de un infante caprichoso: la"A" y la "B". Dos letras inocentes, en si mismas, pero que, al mismo tiempo, en perversas combinaciones, poseen una capacidad potencial de destrucción difícil de determinar.
Sin embargo, hay que decir que ese potencial no nace de la nada. Pues su origen yace, fundamentalmente, en el altavoz mediático del que éstas han gozado. Europa no es inmune y ha alentado su propio gran monstruo. Por un lado, las doctrinas de estas agencias han sido perversas, pero sus dictámenes los hemos considerado concluyentes. Planteamos, incluso, crear una agencia de ráting propia, pero, a su vez, no fuimos capaces de romper con el veredicto del maldicho tridente norteamericano. El vicio, al fin, recae sobre la importancia que nosotros les otorgamos; al efecto multiplicador que le ofrecimos a su mensaje. Ciertamente, hemos sido portavoces de “nuestro” diablo.
Pero, ¿y si Europa y sus medios de comunicación les negaran la palabra? ¿Y si dejáramos de alentar, entre todos, una voz que consideramos desacreditada e infausta? ¿Y si condenamos dicha voz a la más pura marginalidad, porque nadie la atiende, porque, sencillamente, ha dejado de ser noticia? Entonces, ¿de qué poder de mercado gozarían? En esa coyuntura, ¿alguien les haría caso?

martes, 29 de noviembre de 2011

El caminar del hombre: de Donatello a Giacometti

Es sabido que con el advenimiento de la Modernidad el hombre, en tanto que sujeto, se asentó como centro de gravedad metafísico. En esta medida, el hombre, fue motivo central del Arte y considerado ya, no como un ente creado, ni como algo que, súbitamente, aparecía en el mundo para pasar a sumarse a él. El hombre-sujeto era, contrariamente, la posibilidad misma del mundo y de todo cuanto en él aconteciera. Pero, siendo este extremo cierto, también lo es, en la misma medida, que la propia idea de “sujeto” ha ido moldeándose a lo largo del tiempo.
En éste artículo se pretende alumbrar algo entorno a este cambio y, para ello, se ha recorrido a la representación que el Arte ha realizado del hombre-sujeto con respecto a aquella acción que a éste le es más propia: el caminar. Pues el sujeto -a diferencia del resto de lo ente- tiene por esencia la autodeterminación. Así, el hombre, en su caminar, escoge sus sendas y deshecha los caminos negados. Nadie, más allá del hombre, tiene en sus manos la propia esencia y, en esta medida, sólo él camina.


Gattamelata, de Donatello, puede considerarse, en este sentido, como la primera representación moderna del caminar humano. Tras un milenio de ostracismo artístico, el hombre -ya convertido en sujeto- se alza, seguro, sobre los lomos de un caballo que, a su trote sereno, marca el paso y la mirada con respecto al devenir mundano. Un devenir, por otro lado, que no le es nada ajeno pero que, sin embargo, ya poco puede alterarlo. Il Condottiero poco puede hacer, pues ya casi todo lo ha hecho. El caminar que Donatello muestra es el de alguien que ya ha recorrido largamente por los profundos lugares del mundo y ha dejado en él una larga estela.
Pese a ello, el perfil ecuestre de Gattamelata no está, ni mucho menos, agotado, sino todo lo contrario. Donatello realza hábilmente las facetas más naturalistas de un individuo maduro que, traspasando ya lo mundano que lo envuelve y sin negar, en ningún momento, su profundo carácter humano, fija su mirada en un horizonte más lejano. Quizá trazando una parábola que apunta hacia Roma; hacia aquella estatua de Marco Aurelio del Campidoglio. Quizá busque aquel horizonte inevitable hacia el que se dirige el devenir final de todo ser humano: la muerte. En todo caso, Il Condottiero, con su sereno cabalgar, muestra una humanidad sempiterna y sublime, que casa lo contingente (el ser de un hombre maduro montado en su caballo) con lo eterno (el retorno a lo clásico y la referencia misma a la muerte).

En el otro extremo, pasados ya más de quinientos años, Giacometti puso a ojos del mundo su Hombre caminando. El fundamento es el mismo que en Donatello y, sin embargo, a nadie le podrán escapar las profundas diferencias. El héroe sereno del perfil ecuestre se ha ido carcomiendo en su caminar por los cinco siglos que separan una de otra realización. Tan solo ha quedado un modo de estructura funicular que, quizá, sea lo último que le quede ya al hombre moderno más contemporáneo.
El hombre de Giacometti no nace de una adicción de materia entorno a una estructura hilada, sino todo lo contrario: es lo matérico degradado en su máximo estado. Véase sino una vista más cercana y se apreciará la descomposición de lo humano y su tendencia hacia unas líneas básicas; directrices entorno a las cuales se configura la única representación posible. El hombre pues, no puede escapar de esa estructura predeterminada que lo liga y que vincula todo su desarrollo posible. El hilo, asimismo, deviene metáfora de la jaula en la que el hombre ya vive. Podría ser esa jaula, perfectamente, el pensamiento cartesiano que, a modo de malla, se extiende hacia todo lo real y condiciona la posibilidad de lo ente en su totalidad. El hombre, en la medida en que se ha otorgado plenamente al pensar físico-matemático, ha devenido preso del mismo.


Así, el ejercicio de aparejar en una misma línea estos dos extremos es sumamente ilustrativo respecto al hecho de la degradación metafísica del hombre-sujeto. Ambos sobre el pedestal y, elevados a la categoría de Arte. Uno, así impasible pero seguro en este caminar que, por primera vez, exponía al hombre como centro de todo posible acontecer. El otro, un hombre anónimo -y todos los hombres a la vez- que ya solo muestra el residuo nefasto e inevitable de este legado metafísico que advino con el Renacimiento. Asimismo, el pedestal que ensalza el perfil vigoroso del primero no es otra cosa que la materia informe respecto a la cual se configuró lo humano en un acto de costosa sobrebia.
De hecho la materia que encierra el pedestal de Giacometti es la única materia que propiamente existe y, a la vez, la única escapatoria que puede vislumbrar el hombre por ahora; esto es, su misma disolución en ella. Disolución, sin embargo, no debe confundirse con muerte. Disolución implica retorno. La escultura de Giacometti encierra en su seno la posibilidad misma de la redención. Y ello, inevitablemente pasa por estos pies que intermedian entre una y otra parte. En ellos se encierra, como en una especie de coágulo, el flujo que retorna hacia abajo y, asimismo, la posibilidad de volver a realzarse en el perfil humano-subjetivo. Al fin, un atisbo de esperanza se entreabre en la lejanía. Quizá, ahora, solo debamos saber apreciarlo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Jornada de reflexió; què fer al Senat?

Avui som en vigília d'eleccions. Ens trobem en el dia en el que la democràcia va reservar al silenci i a l'autorreflexió respecte el vot particular. Se suposa que la informació ja ha estat rebuda i que, avui, toca posar-la sobre la taula, sospesant-la sense nous imputs que poguessin alterar tot allò del que ja disposen les nostres ments. La jornada de reflexió, però, dubto que mai hagi tingut cap mena d'utilitat. Doncs, la gran majoria, fa temps que tenen el seu vot -o abstenció- decidit i, per altra banda, els indecisos difícilment es decantaran per una o altra banda en funció a si els mítings s'estenen al dia previ a les eleccions o si es reserva un dia de veda.
En tot cas, potser avui, algú, quan s'ha disposat a llegir -o a llençar directament- la propaganda electoral postal, ha trobat aquella papereta de color salmó i ha recordat que, demà, a l'hora de dipositar el vot, trobarem dues urnes. Sembla que, fins ara, quasi ningú hi ha pensat al respecte o, al menys, no se'n ha parlat suficientment. Demà, a més dels 350 diputats del Congrés, caldrà escollir a 208 senadors, d'un total de 266 que conformaran la cambra.
La reflexivitat del vot normalment s'ha fet entorn a l'atracció respecte al presidenciable. En segon terme, hi ha qui es planteja donar suport a minories, per tal de reforçar-les o atorga'ls-hi cert poder en l'aritmètica parlamentaria (doncs cal recordar que no votem directament al President del Govern sinó als legisladors que, entre altres coses, l'hauran d'investir). Així, la inèrcia a portat al fet que, un cop decidit per quina llista apostem per al Congrés dels Diputats, estenem posteriorment aquest mateix vot al Senat.
En temps de retallades del sector públic i de crítiques cap a l'excessiu pes de l'Administració, els partits polítics, recollint el malestar ciutadà, han coincidit unànimement en el fet que és necessari adoptar mesures per a reduir les partides pressupostàries inútils. Així, s'han practicat supressions de ministeris o conselleries autonòmiques, s'ha proposat la supressió de les Diputacions Provincials (PSOE), alts càrrecs i un llarg etcètera. Ara bé, respecte al Senat, tothom guarda un particular silenci. Per què no es parla d'aquesta cambra, ara per ara inútil? Quin interès subjau rere aquest curiós silenci?
El Senat, en els seus orígens constitucionals, pretenia ser una cambra territorial. A diferència del Congrés dels Diputats, on cada província té assignada una quota de parlamentaris més o menys equivalent a la seva població -i, per tant, variable-, el Senat, en canvi, té una quota electiva fixe. Les províncies peninsulars tenen totes una representació de quatre senadors. A les insulars, l'elecció es fa per illes i difereix lleument entre les grans (Mallorca, Tenerife i Gran Canària), amb tres senadors, i les petites, amb un. Les ciutats autònomes de Ceuta i Melilla, escullen dos representants, respectivament. Tanmateix, els Governs de les diferents Comunitats Autònomes, n'assignen també un nombre determinat. En total, 208 senadors electius que se sumen a 58 de designació autonòmica.
Amb tot plegat, la pretensió originària del constituent era la següent: si el Congrés feia la lectura legislativa en clau global, el Senat havia d'esdevenir un mecanisme corrector que esmenés els greuges interterritorials derivats de les lleis elaborades, en una primera fase, pel Congrés. Tan aviat, però, com va començar a funcionar aquest sistema bicameral, es va comprovar la seva obsolescència. L'evidència, més de tres dècades després, es pot constatar en qualsevol procediment legislatiu. El Senat és una cambra quasi tan pesada de càrrecs i pressupost com el Congrés i, en últim terme, és aquest darrer qui legisla. Del Congrés surten les lleis i, sempre, cap a ell retornen. El Senat pot proposar esmenes, un cop el Congrés ha elaborat i aprovat la llei, degudament articulada i llesta per a sanció. En tot cas, sempre, la llei tornarà al Congrés, qui disposarà, en tot moment de capacitat de veto. En alguns casos, la ínfima potestat correctora del Senat, doncs, es redueix al no-res quan el Congrés decideix no considerar les esmenes introduïdes.
Amb la profunda crisi econòmica que pateix, tant a Espanya com Europa, és evident que el Senat, en els termes actuals és totalment prescindible. Potser si s'aconseguís separar temporalment les eleccions a les Corts Generals en dues fases -una per al Congrés i l'altre pel Senat-, realment, ens veuríem forçats a parlar del tema. Afloraria aleshores la seva inutilitat. Mentrestant, la inèrcia predomina i, fins i tot, en les passades generals, es va registrar més participació en les votacions per la darrera cambra que per a la primera. Curiosament, la capacitat d'escollir, la continuen tenint els electors, aquells mateixos que demanen, majoritàriament, un aprimament de l'Administració per evitar duplicitats o càrrecs inútils.
La meva reflexió en aquesta jornada reflexiva, doncs, es dirigeix al Senat. És evident que la no-participació no soluciona el tema, doncs es llegiria com a desídia ciutadana. Per altra banda, què fer? Votar en blanc? Seria un vot de protesta però, també, inefectiu a efectes vinculants. Existeix, també, un partit anomenat Escons en Blanc, que presenta tres candidats compromesos a renunciar a l'acte de senador en cas de ser elegits. No es cap novetat, aquesta formula fa temps que hi és i, a més, es presenten indistintament a totes les eleccions. No soc partidari, en cap cas, de dinamitar internament les institucions democràtiques, però el Senat necessita ser reformat profundament per dotar-se d'algun sentit. Al cap i a la fi, però, el vot pels tres candidats d'aquest aquest partit és evident que serà, també, inefectiu, en la mesura que els electors continuaran apostant pels de sempre i, a més, es corre el risc d'engrossir el percentatge de vot global cap a candidatures, passant per alt l'acte mateix de la manifestació de malestar. Què fer? La disjuntiva no està resolta. Reflexionarem al llarg del dia i, potser, fins al mateix moment de dipositar el vot a l'interior de l'urna.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Soplan vientos tecnocráticos

En los distintos artículos de este blog se ha sido muy crítico con el sistema partitocrático que domina la política española, prácticamente, desde el triunfo socialista de 1982. Asimismo, hay que dejar claro, de entrada, que la pretensión de lo que aquí se defiende no es, en ningún caso la supresión de los partidos políticos, sino más bien su purgación. Pues es innegable que, en ausencia de ellos -y, en tanto que posibilitan la aglutinación de tendencias e inquietudes- difícilmente se puede vertebrar un sistema que pretenda llamarse democrático. De hecho, la Constitución les reservó un papel fundamental, incluyendo su regulación en el Título Preliminar del texto (de los pocos que no están sujetos a ser modificados súbitamente y sin poder ser refrendados por el pueblo). Más aún, la Constitución considera, en su artículo primero, que el pluralismo político es un valor supremo del Estado y que éste encuentra su expresión a través de los mismos partidos.
Con todo ello, lo que se quiere poner sobre la mesa es la recuperación de la noción constituyente del partido político. Para ello, debe huirse de las tendencias bipartidistas. El partido debe reconstituirse desde la horizontalidad y la heterogeneidad, fomentar los mecanismos intrínsecos de participación y, sobre todo y fundamentalmente, representar a los ciudadanos que les dan apoyo. A todo ello, hay que considerar, también que, el electorado es flexible y dinámico y que, ante todo, se debe huir del dogmatismo extremo para fomentar el amoldamineto hacia las distintas coyunturas políticas y realidades sociales de cada momento (a distinguir del populismo); pues las soluciones del ayer, al fin, no podrán ser las mismas que las del mañana.
Sin embargo, la patología partitocrática no puede resolverse, por la vía de la imposición. Estos días, en Grecia e Italia se han asentado unos precedentes muy peligrosos y, asimismo, vistos como inocuos y necesarios por gran parte de su población. Puede que a corto plazo lo sean. Puede incluso que calmen, por un tiempo, las ansias devoradoras de esos monstruos insaciables que pretenden depreciar la deuda pública de dichos estados hasta el extremo mismo de su naufragio. Pero, en todo caso, los gobiernos actuales de Grecia e Italia no pueden considerarse en ningún caso democráticos en puridad. Ni apelando a que su constitución se fundamenta en un gran apoyo parlamentario. Ni siquiera justificándose mediante los sondeos que les atribuyen el respaldo mayoritario de la opinión pública de sus respectivos electores potenciales. No; así no puede funcionar una democracia verdadera.
Los técnicos son fundamentales, que nadie se confunda. Pero no puede conformarse un gobierno tecnocrático que pretenda ser anideológico. Pues es profundamente falaz aquello de que la no-pertenencia a un partido equivale a la carencia de “ideologia”. Mucho se ha vendido en los últimos tiempos entorno a esa doctrina de la “ideologia carente de ideologia” -que, en último término, es la puerta más cercana posible al absolutismo-. Aquel que pretenda ausentarse de los parámetros de medición ideológicos tiene, inevitablemente, pretensiones tiránicas. Y, así, los gobiernos tecocráticos, presuntamente “carentes de ideologia”, han ido tomando el poder con el consentimiento de todos para subyugarse, al fin, a políticas e ideologías muy definidas. De hecho, tanto Lukás Papademos como Mario Monti –los flamantes primeros ministros de Grecia e Italia- no son vírgenes políticamente -nadie lo es-. El primero, lleva en su currículo el haber sido gobernador del BCE. El segundo, fue un antiguo asesor del grupo de inversión norteamericano Goldman Sachs, uno de los principales poderes fácticos de la economía mundial y partícipe fundamental de la Gran Recesión. Son ambos, pues, ni más ni menos que personajes muy vinculados a la mal llamada “ortodoxia economica”; aquella entorno a la cual impera la máxima de la libre voluntad de los mercados.
Sin embargo, cierto es, que no podemos vivir en una falsedad y girar la espalda a la realidad. Hoy por hoy, una radiografía política global concluye con el diagnóstico de la disolución de la soberanía nacional para otorgarla a esos monstruos desgarradores llamados “mercados”. Al fin, esta visto que son ellos los que dictaminan las entradas y salidas de los gobernantes. La partitiocracia puede parecer ante todo un mal menor. Y, sin embargo, la solución no puede ser local –y, lo estatal, en un mundo global, debe considerarse como tal-. Si así fuera, ya podrían tomar las riendas los tecnócratas del mundo, pues, al fin y al cabo, a los ciudadanos de a pie les resultan arduas las labores gestoras. Si hay expertos; ¿qué hay que decidir?
Todo, al fin. Eso es la democracia. Aunque no seamos expertos, debemos dictaminar nuestro devenir y asentar nosotros mismos nuestras propias sendas. Hay que recordar que la falacia tecnocrática conllevó que “expertos” alemanes elaborarán, hace cerca de siete décadas, un complejo e infalible sistema de eliminación de los que fueron considerados excedentes humanos en Europa. És un caso extremo, pero, asimismo, se apeló a ese mismo principio que hoy despierta tanta unanimidad. Para evitar todo eso, se debe garantizar la libre información, evitar el excesivo poso sentimental de los discursos políticos y, a la vez, ser muy cautelosos con los populismos que súbitamente eclosionen. Debemos ser los ciudadanos quienes sepamos emanciparnos. Sólo, en una población social y políticamente madura, puede desarrollarse una verdadera democracia. Sé que, al fin y al cabo, las pretensiones son casi utópicas. Pero es el único camino. El resto, evidentemente, será la sumisión a las patologías partitocráticas y, peor aún, al peligroso paternalismo tecnocrático que asoma en el devenir.

viernes, 21 de octubre de 2011

Tras el “cese definitivo” de ETA, ¿qué debemos hacer?

Parafraseando a Fernando Fernán Gómez cuando encarnaba a aquél lúcido maestro republicano en el filme La Lengua de las Mariposas podemos decir aquello de que “el lobo nunca dormirá con el cordero”. Ya se había incluido dicha cita en éste blog. Este aforismo, sin embargo, tiene ahora una especial vigencia; pues conlleva la asunción de que, en todo proceso violento, la víctima no puede equipararse jamás con el victimario. Cuando se ha pretendido hacer tabula rasa, la violencia en algunos casos ha remitido, pero la herida abierta ha continuado supurando. Y este debe de ser uno de los puntos fundamentales sobre el que se constituya el proceso de pacificación de Euskadi. En este sentido, hay que partir del hecho, pues, de que la paz no solo es la ausencia de violencia sino la normalización social de la convivencia.

Hoy, por fin, se dió la noticia que centrará las portadas de todos los diarios del Estado. De hecho, la noticia en si, yace, sobretodo, en el momento más que en el fundamento. Pues tras la Conferencia de Paz de esta semana (esa en que, según ciertas voces político-mediáticas, reputados representantes de la esfera internacional se subyugaron frente a ETA) era una cuestión de días. Hecha ya la declaración formal del abandono de las armas, hay que plantear, con serenidad el proceso de disolución y, lo más delicado: tras 829 asesinatos en las espaldas –y en la memoria de quienes los sufrieron-, se debe rehacer un escenario donde dicha normalización pueda ser posible y sostenible. Donde todos los ciudadanos vascos puedan desarrollar sus vidas con el mayor grado de normalidad posible.
Es evidente que, ante todas las posibilidades que se plantean, la cultura política y social de este país no permitiría una amnistía como la vivida en Israel esta misma semana, donde cientos de presos con delitos de sangre –y graves- han sido eximidos de sus penas penitenciarias para que la otra parte del conflicto pueda conseguir el regreso de un soldado secuestrado desde 2006. Uno, sí. Tan solo un “simple” soldado. Este, y no otro, ha sido el motivo por el cual el gobierno más ajeno a las reivindicaciones palestinas ha hecho esta “afrentosa” cesión. ¿Cómo es posible someterse a tal “chantaje”?, deberían preguntarse la gran mayoría de los españoles. Pues por una cuestión de cultura política. Aquí, sencillamente, ha arraigado con una fuerza indeleble que todo lo que tenga que ver con aquello que ETA reivindicó, siempre, inevitablemente, estará manchado por sus crímenes.
La realidad, sin embargo, es que ETA ha renunciado a su mala praxis. El resto de los ciudadanos no podemos permanecer ajenos a este hecho. Como la noticia –ya se ha dicho- no viene por sorpresa, hay que dilucidar las líneas de actuación que se deben seguir a continuación. Desde mi humilde posición de inexperto en procesos de negociación, en cambio, debo admitir que tan solo me atrevo a determinar lo que no debemos hacer. Y eso es, precismanete lo que vienen haciendo, hace tiempo ciertos sectores de la sociedad vasca-española (aquellos mismos que se ofuscan en ir extendiendo, más y más, esa lista que llaman ETA-Batasuna-Sortu-Bildu-“colaboracionistas”-etc., y que, al fin, acaba por aplicar el calificativo de “etarra”, incluso, el más pacifista de los soberanistas).

Prueba de esta tendencia es el artículo de Fernando Savater en El País, del 11 de marzo, en el que opta por alabar la reciente publicación de una recopilación fotográfica de Willy Uribe donde se captan algunos de los escenarios en los que acontecieron crímenes etarras. Sin entrar en las cuestiones concernientes a su mérito o virtuosismo artístico, pienso que la idea subyacente no deja de condenarnos al eterno enquistamiento del conflicto. Ciertamente, el acto criminal es del todo vomitivo. Los que lo han sufrido saben y guardan en sus memorias los lugares donde las vidas de sus seres queridos fueron sesgadas. Cada cual deposita, muy particularmente y a su modo, un contenido o una significación en cada uno de los respectivos lugares donde la tragedia propia aconteció.
Pero pretender, sin embargo, universalizar algo que yace sobre una esfera puramente privada equivale a colectivizar lo que, por esencia, no puede evitar ser siempre particular. Pues no hay que confundir la desmemoria con la pretensión de extender a todo el mundo las significaciones que cada cual haga recaer sobre los escenarios donde el terror, en algún tiempo, extendió sus viles tentáculos. Si así se procediera, todos, permaneceríamos en un estado de continuo duelo -ya que pocos son los espacios vírgenes a la inmundicia-. Si pretendemos salirnos de esta, hay que evitar que la víctima rote circularmente en un bucle indefinido de odio que le impida dar pasos en firme hacia la paz. Perdonar o no es una decisión totalmente unilateral y respetable. Pero responder a la violencia con un odio incesante –y, por ende, con más violencia- condena a la herida social a no cicatrizar jamás.
Y, sobretodo, hay que decir, muy claro, que es sumamente perverso titular a éste artículo “Verificacion”, haciendo un vil juego de palabras en el que se pretende suplantar el adjetivo que los etarras usaron en su momento para calificar su “alto el fuego” con ese absolutismo de la Verdad, donde lo único veraz pretende ser aquello que él mismo (Savater) determina.

Por otro lado, no hay que olvidar el artículo de Rosa Díez en su blog –aquella señora que hizo apostasía del socialismo por considerarlo una fuerza blanda frente a los criminales-. En él, equipara a ETA con el nazismo y cree necesario un juicio al estilo Nuremberg para lograr, no solo ajusticiar a ETA –cosa que, muy efectivamente ya viene haciendo la Administración de Justicia del Estado- sino también depurar al País Vasco de aquellos que, en su día, fueron “colaboracionistas” o, incluso, “tibios” frente a los que negaron la libertad y la democracia del País Vasco. No hay duda de que la parxis etarra ha sido un veneno profundamente dañino y antidemocrático, pero conviene no olvidar que quien se hincha la boca de "democracia" están haciendo uso de un termino en el que yace un poso sentimental tan potente que puede ser fácilmente manipulable. A menudo, aquellos que distan mucho de creer en su verdadera esencia o que, se ofuscan en exceso por tenerla como un absoluto amoldado a su modo de pensar, terminan por negarla. Pues a nadie escapa que, al fin, absolutismo y democracia son términos antitéticos.

Repito: como en el caso de Savater, no es la solución. No lo creo. Hay que saber tomar distancias de todo ello –que no olvidar-. Este articulo, al fin, por reiterativo puede resultar redundante. Pero es fundamental dar un paso atrás. Y no para ceder frente a nadie, sino para ver las cosas con más claridad. Pues la excesiva cercanía –o, dicho de otro modo, cuando los sentimientos están demasiado latentes- las cosas no pueden dilucidarse con la claridad que requerirían. El reto está por delante. No lo olviden.