BlogESfera. Directorio de Blogs Hispanos escritos -reflexions variades-: febrero 2011

domingo, 27 de febrero de 2011

J. L. Godard: la renovación permanente del cine

En vísperas de la entrega de premios más mediática del mundo del cine, ofrezco hoy un artículo dedicado al séptimo arte, terreno que hasta ahora no ha sido explorado en este blog.
Dejando de lado lo que pueda acontecer esta noche en el Kodak Theatre y el desfile de celebrities sobre la alfombra roja, alzada ya como sempiterno telón de fondo de toda parafernalia posible en el mundo éste, mi atención se dirige hacia uno de los eternos que aún está entre nosotros: Jean-Luc Godard. Aunque ya desde su senilidad y desde un radicalismo expresivo que ha convertido sus últimas obras en producto de cinéfilo refinado y sibarita, este año nos ha regalado Film socialisme, totalmente en esta linea.
La gran virtud de la juventud de este medio artístico es que los Grandes e Indiscutibles –esto es, el Miguel Ángel o el Velázquez del cine- no dejan de ser contemporáneos a nosotros. Godard se encumbró hace ya medio siglo –o solamente medio siglo-, junto con Truffaut o Resnais, dentro del movimiento conocido como Nouvelle Vague y que insufló aire fresco en el cine del momento. De algún modo, procedieron de forma similar a como lo hicieron los impresionistas durante la segunda mitad del XIX. Las cámaras exploraban un hábitat inaudito: la calle. Así el caballete fílmico salía del estudio, de esa máquina de incubación que lo había mantenido aislado de lo real. La idea era atrevida y el resultado fueron filmes ya universales como À bout de souffle o Les Quatre Cents Coups.
Aunque rompedoras, estas peliculas tienen una legibilidad no dificultosa para el neófito, a diferencia de lo que ocurre ante el último Godard, donde entender va ligado a saber-ya-algo. Porque Film socialisme no puede generar más que escándalo en todo ser bien criado dentro de la ortodoxia narrativa. Y en este sentido, es inevitable el juicio que casi toda persona -independientemente de su grado de cinefilia- puede emitir sobre el filme. Efectivamente, no se entiende. Pero es que la película no ha sido elaborada para ser entendida en el sentido común de inteligibilidad. Porque todos somos conocedores de que toda exposición narrativa requiere de tres fases necesarias: el planteamiento, el nudo y el desenlace. Pero si no se produce ninguna de estas fases -o mejor dicho, si en cada instante se dan las tres a la vez- entonces la inteligibilidad no puede tener lugar como nos lo han enseñado en la escuela.
Así, la película es un collage donde todo aparece como fragmentario y cada uno de los elementos constituyentes del cine son llevados a su límite. La imagen, la música y la palabra: la tríada sobre la que se ha construido todo discurso cinematográfico. Todas y cada una muestran sus condiciones o su misma posibilidad. En este sentido las formas de decir son muchas y variadas. A menudo incluso producen cierta saturación. Inversiones y distorsiones cromáticas, filmaciones con teléfonos móviles o dispositivos electrónicos de baja resolución y un largo etcétera. Todo, ensamblado para generar una sinfonía maravillosa. Tocado por la mano del genio creador, hasta lo más banal puede devenir Arte.



La reflexión metafísica sobre el cine y las posibilidades de expresión tienen su leitmotiv en la cultura que nos une: Europa y el Mediterráneo. Es un filme que habla de nosotros, a partir de nuestro poso iconográfico y mitológico –entendido como aquellos hitos sobre los cuales nos constituimos culturalmente-. El collage se compone de lo más heterogéneo: desde voces y dichas, hasta una representación de la Virgen pasando por un conocido futbolista del Barcelona.
La película es quizá la máxima expresión de lo que es Godard, justo ya en el momento final de su vida. Su cine ya hace tiempo que no cuenta nada –entendido desde la linealidad narrativa- y que cuenta mucho. A menudo demasiado. La saturación es el camino elegido por el creador. Incluso la fotografía se muestra saturada, pues resulta algo agresiva la intensidad de su color, que dista bastante de recoger la característica luz mediterránea.



Asimismo, en el filme se manifiesta con fuerza lo desarrollado en las últimas producciones de Godard, siempre andando peligrosamente sobre los márgenes de lo posible y tentando con caer en el vacío. En Notre Musique se hacia explícita la contraposición dual de lo real y la alteridad como posibilidad de la existencia individual. En Film socialisme la idea aparece implícitamente. Esto es, la apariencia desde la ausencia. El movimiento desde el plano fijo. O el diálogo desde la imposibilidad comunicativa.
En conjunto, la película es la guinda a una trayectoria que se ha basado en la continua experimentación. El esfuerzo de entrar en Godard no es sencillo y, si se hace, vale más empezar por el principio. Pero ante nosotros se nos abrirán muchos caminos de pensamiento, eso seguro. Mientras, el último Godard sigue todavía en cartelera. Quizá sea el Último Godard.

lunes, 14 de febrero de 2011

“L’infern son els altres”

No fa encara un mes va obrir, al número 437 del carrer Consell de Cent de Barcelona, una petita sala de teatre. Sentint-se encara la olor de les parets recentment pintades, la frescor es transmet a tot l’ambient. La Sala Atrium és un espai modern on quatre joves actors interpreten magníficament al Sartre més cru i inquietant. Sense edulcorants, ni cap mena d’additiu. És Jean Paul Sartre en estat pur.
Qui esperi passar una plàcida tarda de diumenge o una relaxada vetllada després de la feina que s’ho tregui del cap. Huis Clos (A porta tancada), dirigida per Raimon Molins, és una sacsejada en tota regla. Si alguna cosa teníem –o creiem tenir- encara a dins nostre, ja res romandrà després. No podrem més que sentir una profunda vacuïtat existencial. Un cop hem vist el que era realment l’infern i d’haver-hi estat durant una hora i mitja el nostre ésser o allò que som, que pretenem ser o que preteníem haver estat ja no és altra cosa que una condemna eterna i sense sentit.
Perquè efectivament, la Sala Atrium és l’Infern. Cap espai escènic de quants n’he visitat a la ciutat se’m planteja més idoni per a la representació de l’obra. És una sala petita, a on el públic es troba abocat a l’escenari. La proximitat augmenta l’angoixa i la sensació de romandre reclosos entre aquest infern que res té a veure amb el que sempre ens havien venut. Poc més que quatre parets, tres cadires i unes portes sempre tancades. I condemnats a la reclusió eterna, tres personatges ben diferents.
Garcin (David Verdaguer) és un periodista denostat i maníac, Inés (Anna Alarcón) una lesbiana penetrant i incisiva, i Estelle (Patrícia Mendoza) una rossa amb una coqueteria desbordant. Entretant, una mena de director d’orquesta vestit de negre i amb connotacions místiques (Miquel Barcelona) interpreta una coreografia que unifica els personatges. Com una encarnació de l’ànima infernal que fa palès el buit, anticipant frases i fent-les reverberar en el no-res. Alhora controla els tempos i la intensitat expressiva i dramàtica, cosa per altra banda aconseguida brillantment en l’obra –i en aquest sentit, és també molt lloable el treball d’il·luminació-.
A mesura que l’acció va esdevenint, l’angoixa va transformant-se en una profunda sensació de buit. Perquè més que una condemna a una eterna reclusió en un espai limitat i sense cap cosa, és una condemna a la pèrdua d’identitat. L’únic ésser possible de cada personatge no és altra que el que l’altre en determina. És a dir, ja no som més que en l’altre. I entretant, al món d’allà abaix -perquè Sartre fins i tot inverteix la posició clàssica de l’Infern- tot continua sense nosaltres: els “desapareguts”. Ho veiem, però ja no hi som. Ni tan sols existeix la possibilitat de plorar; a l’Infern no hi ha llàgrimes, ni dia ni nit.
Però aleshores, si en nosaltres mateixos no som res i l’únic ésser possible és aquell que l’altre determina, qui es l’altre sinó aquell determinat per nosaltres, que no som res. Què queda de tot plegat sinó el més pur No-Res?
Preferíem tenir les pautes; el bé i el mal com a conceptes absoluts. Un Déu que emetés un judici un cop morts. Un barquer, una porta i, finalment, el dolor físic com a condemna eterna. Res d’això i res pitjor: “l’infern són els altres”.

sábado, 12 de febrero de 2011

Sobre la Revolución del Mundo Árabe

Hace dos días Barack Obama advertía al mundo: “Estamos viviendo la historia en directo”. La frase puede considerarse tautológica, en el sentido en que la historia –a nuestro entender- es un continuo devenir y todo acontecimiento es en sí mismo histórico. Sin embargo, dentro de éste continuo lineal donde todo hecho tiene su lugar, el hombre discrimina lo relevante de lo irrelevante; lo trascendente de lo contingente. De este modo, el hombre entronizará estas fechas. Por que no hay duda de que lo acontecido y lo que acontecerá es y será relevante. Y será la misma historia, esto es, el devenir de lo futuro, quien determinará en que medida habrá que interpretar todo lo que se está viviendo durante estos días.
La situación ha sido la siguiente: las fichas del dominó estaban en un equilibrio frágil. Un viento algo más fuerte de lo habitual hubiese precipitado la caída de la primera. Así fue. Hace poco menos de dos meses un personaje anónimo, prendiéndose en llamas, agitó el aire. Fue un acto de rebeldía -y desesperación- extrema. Pero cuando la rebeldía va más allá de una agitación nerviosa y exaltada, y ésta no es contenida, traspasa una membrana. Entonces el rebelde pasa a ser un revolucionario.
El umbral entre la rebelión y la revolución ya ha sido traspasado. Lo fue en el mismo momento en que el sátrapa Ben Alí huyó forzosamente de su país. Y la dimisión de Mubarak ha internacionalizado la revolución. Porque Egipto no es Túnez. El primero quintuplica el PIB del segundo, mientras que multiplica por ocho la población. Egipto es la principal potencia del Magreb y su relevancia geoestratégica no es en absoluto despreciable.
Ahora sí, la bautizada como Revolución de los Jazmines forma ya parte de un ente superior, esto es, la Revolución del Mundo Árabe. Como sucedió con la Primera Guerra Mundial, donde un hecho contingente –pero en cierto modo inevitable- desencadenó una sucesión de declaraciones de guerra que dieron término a la primera Gran Guerra planetaria, aquí ha tenido lugar algo parecido. El efecto reverberante de un acontecimiento aislado ha dado término a un hecho histórico. Y ciertamente, el máximo referente histórico-revolucionario del mundo Occidental es la Revolución Francesa. La repercusión o, dicho de otro modo, el tamaño de las palabras que recogerán estos sucesos en los libros de historia, puede que sea comparable –el tiempo lo dirá- con las que nos explican ahora la mismísima Revolución Francesa.
Sin embargo, erraríamos profundamente al considerar que lo que acontece en estos momentos en el Mundo Árabe no es otra cosa que la transposición en otro lugar de aquello que aconteció en Occidente hace ahora unos siglos. Y no es así por una sencilla razón: el Mundo Árabe no es Occidente. Aquí yace una limitación atávica de nuestra mente: la dificultad de entender el cómo se rige socialmente una comunidad cuyos patrones de pensamiento no son equivalentes a los nuestros. Así, es recurrente decir que los árabes se rigen por la lógica del caos. El hecho es que el concepto de lógica es en si mismo Occidental. Un paso importante sería substituir esta idea por la de orden. Porque, ciertamente, cada comunidad sí tiene establecido un orden. Tomar esto como una premisa de partida debe ser fundamental. Occidente debe tenerlo claro: su modelo no es exportable a todo el mundo.
Por otro lado, cierto es que el papel que debemos jugar los ciudadanos del mundo no puede ser pasivo. En la medida en que se trata de la primera gran revolución de la era globalizada, la historia es vivida sincronicamente a escala planetaria. Así, el ciudadano del mundo no puede evitar ser activo, ya que el conocimiento de los hechos va intrínsecamente asociado a la creación de un estado de opinión. Los acontecimientos traspasan, pues, el espacio físico de donde éstos se desarrollan. Prueba de ello es este mismo texto.
Entonces, el resto del mundo pasa a ser actor de la revolución –aunque teniendo claro quien juega el papel protagonista en ella- ¿Cómo intervenir respetando la premisa de que el modelo de democracia Occidental no es siempre importable? En primer lugar, reformulando un concepto que ha resultado sumamente pernicioso y perverso: la idea de geopolítica. Si alguien ha mantenido estos gobiernos tiránicos y cleptocráticos ha sido precisamente Occidente. Porque si las cosas no han cambiado antes es debido a que a los Estados más poderosos ya les iba bien mantenerlo todo como se encontraba. Y el súbito cambio de posición con respecto a estos regímenes hay que entenderlo como una muestra más de que pervive esta maliciosa geopolítica: pues cuando la inercia al cambio es demasiado fuerte para evitarlo, más vale aliarse con él que no contradecirlo.
Si tomamos en consideración todo lo dicho, podemos tener unas pautas de cómo actuar. En primer lugar, partiendo de un conocimiento de la realidad social de estos países. Y esto no es tarea fácil, ni tampoco cualquier persona está capacitada para ello. También, por fortuna, el unilateralismo cayó en desgracia tras la Guerra de Irak y, ahora, nadie se atreve a ir solo por el mundo. Esto, sin duda, juega a favor de todos. El paso siguiente es dejar de lado el unilateralismo ideológico. Esto es, huir de todo aquel que proponga formulas cerradas y definitivas. Reducir la realidad a uno de sus aspectos es casi suprimirla. Pero introducir el máximo numero de vectores que la representen es un proceso lento. Así, más vale no tener prisa y hacer las cosas bien hechas.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Brussel·les: visions d'un viatge

“Sóc un pobre cowboy solitari i lluny de casa”. Així es presentava Lucky Lucke, personatge que el dibuixant belga Morris, juntament amb René Goscinny, va donar vida cap a la dècada dels 50. Aquesta podia ser perfectament la meva carta de presentació durant els tres dies que he estat voltant la ciutat de Brussel·les, tot just el lloc a on va nèixer el conegut cowboy.
Un parell de dècades abans, Hergé, havia donat a llum al mític Tintín. Allà; tot just a la mateixa ciutat, a Brussel·les. En certa forma també hi havia alguna cosa que m'identificava amb ell: un periodista trotamons i intrèpid. La meva experiència va ser, però, certament més pausada; sense els germans Dalton; ni tampoc en Tornasol ni el Capità Haddock. I menys les rocambolesques aventures que esdevenien entre tots plegats.
Els mitjans dels quals em servia eren simples: tan sols una càmera de fotos, un bloc de notes i un bolígraf, a més del que em disposa el meu propi cos, que es trobava embolicat per tot allò que em pogués ajudar a fer front a unes temperatures realment gèlides. L’objectiu, clar: conèixer la ciutat en totes les dimensions possibles. I la valoració de tot plegat es summament positiva. Mai, en tant poc temps, havia aprofundit tant en una complexíssima realitat material i immaterial, que és el territori d’allò urbà.

Començaré amb un tòpic: Brussel·les no és una ciutat qualsevol. Cert, com les persones, cada ciutat té la seva personalitat. Així, a priori, poques, molt poques coses coneixem nosaltres d’ella. Sabem que és capital d’un petit estat –Bèlgica- situat al nord de França i, també, que és la capital de facto de la Unió Europea –i dic de facto perquè enlloc està escrit que això sigui oficialment així-. La realitat, però, és que podria ser perfectament meritòria d’acollir la seu de les Nacions Unides. És una ciutat profundament universal. Si, universal, més enllà de cosmopolita o multicultural, ja que, si bé aquests últims adjectius serien també idonis, no recullen aquest “més enlla” que té Brussel·les.
La diversitat ètnica és evident; és, de fet, el primer que un percep en la seva arribada a la Gare du Midi, la principal estació intermodal de la ciutat i el lloc per on la majoria de persones prenen contacte per primer cop amb la ciutat. Hi ha comunitats culturals que tenen una presència especialment significativa i que han fet seus alguns dels barris perifèrics de Brussel·les, on destaquen la comunitat turca i la marroquí. Però, per altra banda, és fàcil trobar gent d’arreu. Al llarg dels tres dies que va durar la meva estança vaig creuar paraules amb persones de fins a onze nacionalitats diferents: europeus d’aquí i d’allà, asiàtics i euro-asiàtics, magrebins, subsaharians i llatinoamericans. Tothom és ciutadà de Brussel·les en el mateix instant en que ja hi és i, entendre la ciutat sense el sosteniment immigrant, a dia d’avui és impossible.
Però quan he fet servir el terme universal he parlat d’un “més enllà”. I efectivament, Brussel·les té un caràcter apàtrida que li dona universalitat. No es tracta, en cap cas, del “més enllà” en el sentit de l’hispànic “Plus Ultura”, és a dir, com a capital d’un gran imperi que s’estén per la immensitat planetària. Tot just el contrari. La ciutat és capital de tothom i de ningú. M’explico.
Brussel·les-Capital és una de les quatre regions administratives en les quals es divideix l’Estat belga. De les tres restants, una és la zona germanòfona, gairebé insignificant tant a nivell d’extensió com de població. Les altres dues són Flandes i Valònia. Tant l’una com l’altre són dues nacions plenament diferenciades; en primer lloc en l’àmbit lingüístic. Al nord, es parla el flamenc, una variant dialectal del neerlandès, mentre que el sud és francòfon. Les diferències però són també culturals i, fins i tot, la productivitat i la riquesa de Flandes és significativament superior a la de Valònia. Brussel·les és l’eix vertebrador sobre el qual pivoten dues esferes que de per sí poca cosa tenen en comú, més enllà de que tant els uns com els altres identifiquen a la ciutat com la seva capital.
Aquest artifici, sostingut en gran mesura per la figura d’Albert II, el monarca que regeix actualment a Bèlgica –i dels seus antecessors- no està exempt de problemes. La fragmentació del Parlament de l’Estat en més d’una desena de grups polítics de naturalesa diversa fa molt fràgil la governabilitat i, de fet, a dia d’avui la situació és d’una excepcionalitat extrema: porten ja més de set mesos sense govern –ja que resulta impossible arribar a un pacte entre les policromàtiques formacions polítiques-. Com a resultat de tot plegat, l’estabilitat de Bèlgica comença a trontollar sèriament.
Mentrestant, Brussel·les, com a capital de no se sap ben bé què, sobreviu. El desgovern en el qual viu sotmès el país contrasta amb el normal desenvolupament de la vida a la capital, on tot aparentment funciona amb certa normalitat. Així, aquest desamparament en el que es troba l’Estat, justifica el terme “apàtrida” per a la capital i el fet mateix d’anar “més enllà”: a falta d’identitat, la ciutat no és altra cosa que la suma de múltiples identitats que aixequen i sostenen la ciutat. De la mateixa forma l’únic estereotip brussel·lenc possible és el no-estereotip, és a dir, la més absoluta diversitat.
Així es com Brussel·les pren el seu caràcter universal. El propi nomenclàtor de la ciutat reflexa aquest fet –i lateralment posa de manifest la nostra tendència a mirar-nos el melic-. Allà hi ha carrers, avingudes, places, parades de metro i altres, que recullen la cultura local. Però juntament amb els noms belgues de Waterloo i Charleroi apareixen referències universals. Erasme de Rotterdam –filòsof i humanista-, Rodin i Delacroix –artistes-, Churchill i Roosevelt –polítics- o Molière –dramaturg- són alguns dels personatges que donen nom a alguns dels espais públics.
I és aquesta universalitat la que l’ha fet meritòria d’acollir una institució que ha estat fonamental en el devenir de molts països al llarg de les últimes dècades: el Parlament Europeu i les múltiples seccions administratives de la Unió. Tanmateix, torna a aparèixer aquí un altre paral·lelisme amb l’Estat belga: la màxima institució continental es troba sotmesa sota una profunda crisi. Després d’uns anys enaltint les virtuts d’Europa com a sistema confederal. De la lliure circulació de persones i capital i, també, de la unió monetària. Ara els pilars bàsics que fins ara han sostingut la UE comencen a esquerdar-se i –com deia un professor meu d’estructures-, quan vegis una esquerda en un pilar, el millor que es pot fer és sortir corrents. No vull ser excessivament dramàtic amb això, però el cert és que molts dels estats que van promoure en el seu moment aquesta relació de fraternitat i de tots en un, es plantegen el sentit que ha tingut tot plegat a dia d’avui.

Però igualment cert és que a l’anomenat European Quarter es respira l’orgull i la grandiloqüència d’Europa, així com la profunda confiança que el projecte va despertar quan es van aixecar tot el conjunt d’artefactes administratius que constitueixen aquest barri high-tech, de vidre i metall, i on cadascun dels edificis transmeten un missatge clar: Europa s’escriu amb majúscules o, al menys això es pensava a principis de la dècada dels 90, quan tot allò va començar a construir-se. El paroxisme es troba en el mateix Parlament, un edifici plenament versallesc. No és exagerada la comparació, les dimensions i la disposició axial, amb dues ales que d’extrem a extrem superen els 300 metres no són altra cosa que un Palau de Versalles. Ara bé, no és la residència de cap rei absolut sinó el lloc de treball de milers de buròcrates que són els sostenidors d’aquest altre artefacte anomenat Europa –administrativament parlant-.
Per altra banda, l’aterratge de tot aquest complex té, certament, una dialèctica difícil, tendint a nul·la, amb l’estructura interna de la ciutat. De fet, el tipus d’edificació residencial a Brussel·les respon a un patró molt concret: una parcel·lació estreta –no solen tenir més de 6 metres d’amplada- amb obertures repetitives en les seves tres o quatre plantes que s’alcen sobre la planta baixa. He disposat juntament amb el text de tres fotografies on es demostra com això es porta a la pràctica en tots els nivells de la ciutat, des de les àrees més perifèriques i, com a tal, menys ornamentades, fins a la Grand Place, el punt neuràlgic de la ciutat, on els edificis es mostren amb tota la seva sumptuositat. Els petits clústers de terciari –esbeltes torres d’oficines- trenquen en alguns punts aquest esquema. I la máxima expresió d’aquesta ruptura es tot just l’European Quarter.

Ara bé, un personatge dit Victor Horta, arquitecte belga que va desenvolupar la seva activitat durant l’última dècada del XIX va tenir l’habilitat de trencar el tipus des del seu interior, sense necessitat d’artefactes. La seva obra s’engloba dins del que la Història de l’Art ha anomenat Art Nouveau i que, els catalans, en diem Modernisme. Sí, efectivament, Gaudí no va ser l’inventor d’aquest estil, com moltes persones d’aquí afirmarien amb tota seguretat. Sense desmerèixer per a res al geni català, reitero el que havia esbossat en un comentari anterior: tant mirar-nos el melic ens ha fet desconèixer, a molts, tot allò valuós que no és exclusivament nostre.
I és que, efectivament, la creació d’Horta és impressionant. Sense entrar en un anàlisi exhaustiu de les particularitats de cada obra, el treball minuciós dels nous materials, l’equilibri entre allò petri, el vidre i el metall i, sobretot, el flux nerviós i enèrgic que transmeten tots els elements. Com si es tractés d’una pedra que cau sobre un estanc d’aigua, a on hi floten un petit vaixell de paper i unes quantes fulles seques, tot inicia un moviment oscil·latori: tot moviment és causa i conseqüència de l’anterior. I tot té un origen comú. Així és com Horta fa una dialèctica de cada cosa amb el tot.


Tanmateix, la simplificació d’aquest personatge en un sol paràgraf s’ha de considerar sempre una cosa imprecisa i reduccionista, però escaparia del tema parlar-ne en profunditat –potser en una altra ocasió-. Per altra banda, aquestes particularitats o variacions del tipus d’habitatge residencial també són una forma de configurar ciutat i de donar caràcter.

Al cap i a la fi Brussel·les és tot: és Horta i és l’European Quartier. És la Grand Place i els seus edificis residencials. Cada espai construït, producte d’allò humà. I tot el patrimoni immaterial, tot allò que fa de sostenidor de la ciutat, les persones que hi viuen i també les que es troben de pas. Territori de tots i de ningú. Tot plegat, configura una ciutat única. No és una ciutat qualsevol, ja ho he dit al principi.
La valoració de tot plegat no deixa de ser infinitament personal, és a dir, tot allò que allà he copsat i he sentit per totes les vies possibles per on un pot sentir. Només han estat tres dies. La visió doncs no pot ser absoluta. Per altra banda, el viure allà tampoc em legitimaria a donar-la. El text que aquí es presenta només és un intent de posar ordre a tot allò que he recollit i, alhora, també a les frases inconnexes del meu bloc de notes –acompanyant inseparable durant tot el viatge-. Tot plegat ha valgut la pena.