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sábado, 13 de agosto de 2011

El “ser” y la concepción del mundo

Este artículo retomará una cuestión subyacente en diversos de los temas hasta ahora expuestos –y en estrecha relación, también, con lo tocante al arte-. El camino que se propone, de entrada, puede generar ciertos temores. Pues el tema no será otro que aquello que todo y cada uno da ya por supuesto en cada palabra y en todo en cuanto acontece. Un asunto obviado y trivializado; por lo tanto innecesario para el habla, por el hecho de ser inherente a ella. Pues todo, inevitablemente, debe ser; y podrá ser aquello o lo otro, más claro u obscuro, pero en todo caso, siempre ser.
Para poder desbrozar algo de la senda que nos puede permitir alumbrar algo sobre aquello que el ser esconde se seguirá el trazado que abrió, en su momento, Martin Heidegger. De hecho, parece impensable poder hacerlo de otro modo, pues fue el filósofo alemán quién puso sobre la mesa, por primera vez la cuestión del “ser en cuanto a ser”. Y pese a que la primera –y más celebre- tentativa para abordar el asunto fue su opera magna, Sein und Zeit (Ser y Tiempo), aquí se tomará una reflexión más compacta y, asimismo, completa: el ensayo que lleva por título –y que se puede encontrar en castellano en el libro Caminos del Bosque (Alianza, 2005)- La época de la imagen del mundo.
Siguiendo la línea propia de exposición y alterando el orden en que se expuso la cuestión por el mismo filósofo, cabe preguntar, en primer lugar por el origen; esto es, el origen de lo originario ¿Dónde y que forma tomaba el ser en su comienzo? Heidegger sitúa el inicio de la metafísica en Grecia.[1] La metafísica, precisamente, se inició preguntándose por el ser en la medida en que ello se presentaba como lo subyacente de todo cuanto acontecía (esto es, la αρκε de la φύσις). Este ser debía ser entendido como el cuidado de aquello que sale a la luz. Lo alumbrado, de este modo pasaba a ser en el uso o en el trato de lo que era en tanto aquello que era (y en ningún caso sustrayendolo hacia un plano tematizante). El ser de la cosa acontecia en la pura inmanencia. Un cuenco era, por ejemplo, en tanto que contenia el trigo de la cosecha. Dicho ser, dependia, asimismo, del cuidado de aquel des-cubridor que lo sustraia del estado previo del no-ser (o de cubrimiento). Así, la verdad del ser, en Grecia era ἀλήθεια; término que podría traducirse como “aquello que no está en la oscuridad” y, por lo tanto, que ha sido sustraido de este estado, saliendo a nuestro encuentro y yaciendo bajo nuestro amparo.
Sin embargo, el propio surgimiento del misterio griego (el advenimiento de la metafísica o la pregunta por el ser mismo) condenaba, en cierto modo, a una transposicion de éste. Y ello comenzó, ya, con Platón, donde aconteció la primera tentativa de sustraer el ser a un plano distinto del de las cosas mismas. El camino estaba determinado. El ser fue progresivamente asentandose sobre el enunciado (aquel artificio en conexión con la cosa pero que, sin embargo, nada tenia ya de la naturaleza de esta última). Así, la inminencia del ser fue trasladada a un plano trascendente. O dicho de otro modo, lo que determinaba el ser de la cosa ya no residía en ella misma sinó sobre “Un” ente ajeno, que no era otro que el mismo Dios. La metafísica medieval se asentaba sobre esta concepción intermedia del ser –entre Grecia y la Modernidad-, donde la cosa dependia directamente de un “ser absoluto” que le concedia su licencia de ente. Así, la cosa pasaba a entenderse como ens creatum.
El giro definitivo hacia nuestra concepción del ser, sin embargo, tuvo lugar con la duda metódica cartesiana y su resultado. El ego cogito ergo sum apuntó lo que sería la nueva -y definitiva- naturaleza de la verdad del ser: la certeza. Pues que algo sea cierto requiere claridad y distinción. Ante la posibilidad cartesiana de que el mundo se desmoronara, apareció algo para agarrarse y sobre lo cual, hasta ahora, hemos sostenido la condición de lo que debe ser de lo que no. Se trata de la previsibilidad o matematización de cuanto acontece –o es-. Es en estos términos que aparece la noción de sujeto moderno.
Y es en este punto donde Heidegger alerta del peligro de confundir subjetivismo con individualismo. Que la modernidad se base en el subjetivismo significa que se ha establecido la certeza como aquel y único terreno sobre el cual el hombre moderno ha edificado todo cuanto es posible. Por ilustrarlo de algún modo, nosotros, hemos establecido la ciencia (y la previsibilidad como hecho inherente a ella misma) como un escenario común. Un suelo sobre el que solo puede sostenerse y comparecer aquello que cumple con esta razón dada. Este suelo, pues, es aquello que en todo momento subyace (o que yace bajo todo cuanto es), esto es, el subiectum -o sujeto-.
Aquello cuanto comparece es, pues, el objeto; lo representado sobre el escenario-sujeto. Y esta dicotomía es el fundamento del ser moderno. El sujeto se encuentra, inevitablemente, separado del objeto (lo re-presentado) y, a la vez, fundamenta su esencia en él. Y viceversa. Algo así como en esa imagen bergmaniana del filme Persona en que aparece un niño tras una pantalla, palpando la imagen y ligado a ella; deseando traspasarla y pertenecer a ella. Pero sin embargo, condenado a estar siempre al otro lado de lo representado.
Insiste Heidegger que este es nuestro ser moderno y, en estos términos, define nuestros tiempos como la época de la imagen moderna (adjetivo, este último, que va ya implícitamente ligado a la naturaleza del sustantivo). Sobre este terreno compartido del subjetivismo es donde comparece la antropología y el humanismo. El reto, sin embargo, es asumir plenamente lo que implica nuestra época. Y sin embargo, parece que hemos puesto más énfasis en hacer, de algún modo, un fetichismo de lo ilimitado de este escenario común[2] que no en intentar desvelar lo sombrío de cuanto acontece. Pues, en el fondo, el conocimiento de nuestra época –y su plena asunción- implica el conocimiento de la historicidad del ser. Y saber, asimismo, sustraerse de todo ello, tomando distancia y así, poder precisar la posición que ocupamos. Entretanto –y más de 70 años después de que Heidegger pusiera el tema sobre la mesa- el hombre moderno continua en la negativa de aquello que se encuentra bajo el primer plano de luz.


[1] Dos acotaciones son necesarias en este punto inicial. La primera, que por metafísica se entiende aquí la pregunta respecto a la esencia del ser. La segunda es que la referencia a “Grecia”, a lo largo de la exposición debe ser entendida siempre como un lapso temporal-histórico del hombre occidental y, en ningún caso, como un lugar físico y menos aún como un Estado, en los términos contemporáneos.
[2] Entendiendo por ello la excitación irracional que el hombre siente ante el inabarcable abismo de los avances técnicos o de los descubrimientos científicos, que revelan en él un modo particular de ensimismamiento y de velar su propia historicidad y sus raíces.

martes, 2 de agosto de 2011

¿La Acrópolis en venta? ¡Todo en venta!

La grave situación de insostenibilidad económica en la que vive inmerso el estado griego ha puesto sobre la mesa, estos últimos días, hipótesis realmente estremecedoras e impensables casi bajo cualquier circunstancia. El pasado mes de marzo, la revista británica The Economist, en un artículo titulado "Sell, sell, sell" ponía de relieve la severidad de las exigencias que los ministros de finanzas del Eurogrupo proyectaban sobre Grecia y, para exaltar ya de entrada al lector, se tomaba prestada una cabecilla del tabloide alemán Bild que profesaba: "Vendan sus islas, sus insolventes bancos griegos y, ¡también la Acrópolis!"
Sin embargo, lo que a priori parecía hiperbólico o mera retórica sensacionalista ha empezado a emprender cauces de realidad. Pues parece que el guante lo han tomado ya otras publicaciones. Sin ir más lejos, el pasado domingo 24 de julio el suplemento dominical interno de El Periódico hacia un extensivo estudio sobre la viabilidad de dicha venta, las consecuencias y, en definitiva, todas las preguntas inmediatas que a uno le surgen ante lo que supondría la privatización del mayor bien artístico del estado griego.

Pues hecho este pequeño prefacio, será mejor abandonar lo prosaico de la cuestión planteada para, en una posterior etapa, poder abordarlo con más y mejores herramientas de las que ahora disponemos. Este abandono requiere una propedéutica de cierta ambientación poética para adentrarnos en aquel territorio huidizo del que queremos tratar. Y nada mejor que recordar un fragmento del Hyperion de Hölderlin, que reza: «"¡Oh Partenón", exclamé, "orgullo del mundo! A tus pies yace el reino de Neptuno como un león domado, y son como niños los otros templos agrupados a tu alrededor, el agora elocuente y el bosque de Acadamo…" "¿Es posible que consigas trasladarte de tal forma a las épocas antiguas?", me dijo Diótima. "No me recuerdes aquellas épocas", respondí; "había una vida divina y el hombre era entonces el centro de la naturaleza. La primavera, cuando florecía en torno a Atenas, era como una flor modesta en el seno de una doncella; el sol se levantaba rojo de pudor sobre los esplendores de la tierra."»[1].
Efectivamente, nada hubo como el templo majestuosamente perfecto que coronaba y reinaba la alta ciudad de los dioses y que imponía la presencia de la divinidad con una extremada inmanencia sobre el todo -y que el cristianismo no pudo, o no supo, aceptar-. Aquella presencia desbrozaba un mundo sobre el cual nos hemos construido metafísicamente a lo largo de más de dos milenios y a quien le debemos tanto como nuestro propio ser actual.
Y la ruina apela precisamente a aquello que fuimos -y que ya no está-. A aquellas épocas donde había, efectivamente, una "vida divina". Heidegger, tomando el camino iniciado por Hölderlin, supo captar esa espacialidad particular donde los dioses remitieron. Pues cabe recordar que espaciar es -o fue- "libre donación de lugares en los que aparece un dios". A su vez, también: "de los lugares en los que los dioses han huido, lugares en que largamente se demora el aparecer de lo divino"[2]. Sin embargo, esta demora no implica perdida, sino remisión. Pues en el fondo, en estas palabras, se deduce que los dioses sencillamente se encuentran a la espera de volver a tomarnos de la mano. Entretanto, aquella angustia existencial del vacío corroería metafísicamente nuestra alma desamparada.
Pero sin embargo, la esperanza heideggeriana se desvanece. El hombre moderno ha dado su golpe definitivo hacia la destrucción de todo lo divino, cubriéndose de un portentoso armazón reticular que retiene cualquier tentativa de reprender lo que en su momento huyó -preludiando el amparo de un Dios transcendente del que ya ni siquiera podemos esperar gran cosa; pues como vociferó Nietzsche, ya hace tiempo que murió -.
El hombre moderno, pues, apostó por un particular modo de cosmovisión, que lo inducía, sin darse cuenta, a la negación de su propio ser. Ese momento fatídico coincidió, justamente, con el instante en el que el dinero compareció como pura magnitud de medición del valor de todo cuanto aparece y acontece. Y esto no debe entenderse como un eco romántico que postula una revalorización de la cosa en si misma. Simplemente se trata de una descripción fáctica. Pues el que escribe, como todo lector, se encuentra inevitablemente sujeto al estricto dominio de esta fuerza que ha extendido sus tentáculos sobre todo lo real.
Efectivamente, la pura expresión del valor yace en el dinero. Y es ahí donde confluye un acuerdo social -por llamarlo de un modo más contemporáneo-. Metafísicamente hablando, se diría que el dinero es aquella tierra común sobre la cual todos caminamos. Ciertamente, aparecerá aquél que insinuara sobre la imposibilidad de comprar ciertas cosas. Mentira. El valor emocional es un concepto puramente subjetivo. Sin embargo la objetividad -aquella externalidad aceptada por todos- impone un precio a todo. O dicho en otros términos, todo es absolutamente mercantilizable; esto es, objeto de tasación y permutabilidad.

Y con la exploración realizada ya nos vemos capacitados para retomar nuevamente el tema inicial; ¿Se puede comprar la Acrópolis? Pues el solo hecho de poder formular la pregunta lleva implícita la respuesta. Sí. Si alguien tiene verdadero interés en conocer los pormenores de la operación, en términos de rendimiento económico y demás, le remito a leer el suplemento anteriormente mencionado de El Periódico. Pero, como se ha podido observar, la línea explorativa que ha tomado este artículo pretende apoyarse en terrenos anteriores.
Que nadie se escandalice, pues, cuando oiga hablar de estos temas. Y si algún día alguien nos pone precio, no podremos objetar nada, más allá de sentir la suplantación acontecida -dioses por dinero- y lamentarse por ello. Ciertamente, como en aquél Hyperion de Hölderlin que rememora con melancolía los tiempos pretéritos, el recuerdo de lo que fue es lo único que nos queda. Quizá la esperanza, si existe, pueda subyacer en nuestra propia interioridad. Quizá cada uno de nosotros sepamos ofrecer libación a nuestras divinidades y, en ello yace el rayo de esperanza que lanzaba Heidegger. Pues "el aparecer de lo divino" puede demorarse largamente pero, sin embargo, aparecer, súbitamente, en un momento inesperado, extendiendo su propia espacialidad.


[1] De la obra Hyperion oder Der Eremit in Griechenland (Hyperion o el eremita de Grecia, 1897) de Friedrich Hölderlin
[2] Del artículo Die Kunst und der Raum (El arte y el espacio, 1969) de Martin Heidegger

miércoles, 20 de julio de 2011

La "Convergència" de la dreta

Convergència i Unió és, lingüísticament, una tautologia i, tanmateix, políticament, l’expressió més nítida d’allò que tot partit pretén ser. S’ha parlat en excés, durant els últims anys, de la voluntat de centralitat que ha de requerir tot partit de poder. L'excentricitat, en aquesta pauta actual, és condició d’ostracisme polític. La centralitat, en canvi, aglutina, suposadament, la voluntat de la majoria.
En els temps que corren i segons aquest clixé periodístico-polític el centre és la pretensió de tothom i, alhora, allò que s’aproxima a les necessitats vertaderes del poble. El centre polític ha estat disputat, fonamentalment en aquest país –i, sempre, segons aquesta concepció- pel Partit dels Socialistes de Catalunya, per un costat, i per Convergència i Unió, per l’altre. Mentre el PSC es recupera, ara, d’una profunda ressaca de poder que, de tan intensa ingesta, ha acabat desorientat-lo i desdibuixat-lo fins a fer d’ell un esbós irreconeixible d’allò que va arribar a ser, CiU ha sabut refer-se des de la constància i la convicció d’unes bases que mai ha negat –i que, tanmateix, mai podrà encobrir sota el vel de la socialdemocràcia que, encara dins seu, algú propugna-. Però, sobretot, han sabut mantenir la constància de la fal·laç “centralitat”. Doncs és evident que, el centre, és una d’aquelles grans farses que se’ns ven amb facilitat. La “radicalitat” –entesa com un element marginal- molt sovint ha esdevingut “central” quan les circumstàncies li han ofert la possibilitat. Alhora, això és reversible sobre la pròpia noció de “centre” que, com s’ha demostrat històricament pot arribar a ser summament perversa (cas extrem, el de l’Alemanya dels anys 40).
Dit això i retornant sobre el tema inicial; Convergència i Unió és una expressió molt oportuna. Fruït de la casualitat? És sabut que Unió Democràtica és un partit de llarguíssima tradició històrica al nostre país. A les escoles, ara, s’ha recuperat la figura de Manuel Carrasco i Formiguera, advocat als temps de la Segona República, de fortes conviccions cristianes –i afusellat summaríssimament, durant la guerra, pels alzados- que va abandonar la Lliga Regionalista per vincular-se a una naixent Unió. Quatre dècades després, reunions clandestines liderades per un jove carismàtic Jordi Pujol van culminar amb la fundació de Convergència Democràtica de Catalunya. Certament, allà convergien diverses posicions enfront a una voluntat comuna; l’oposició al règim i la creença en la Nació catalana.
Instaurada la democràcia, el passat i el present van establir una aliança fructífera i amb una nomenclatura redundant però contundent: Convergència i Unió; una coalició bipartida que aglutinava entorn a ella posicions, d’entrada, divergents, però que, hàbilment, van saber confluir fins a assolir allò que, implícitament, implica tota convergència: la unió.
I en aquest sentit és on es fa palesa aquesta naturalesa bífida. Convergència Democràtica ha incorporat els preceptes doctrinaris del neoliberalisme econòmic. Unió, per altra banda, ha estat l’abanderada més fidel de la democràcia-cristiana més europeista. El bipartidisme ben entès ha proporcionat un ventall social tan ampli que, difícilment, escapa d’aquesta pretesa “centralitat” que se’ns ofereix.
L’actualitat política ens ha brindat un paradigma que expressa a la perfecció com es fusionen aquestes dues tendències. Doncs només fent un breu repàs a totes les disposicions heterogènies que conté la famosa “llei òmnibus” un pot segregar, fàcilment, entre allò que és convergent i allò que és d’unió.
Per una banda, els favors a les empreses d’assegurances privades de salut, la desregularització en àmbits de matèria ambiental o la privatització de l’explotació i el subministrament de l’aigua. Per l’altre la persecució de la prostitució –tant en l'oferta com en el consum de serveis sexuals- o les subvencions a escoles d’un aferrat fonamentalisme catòlic –on els alumnes són separats en funció del seu sexe-. El liberalisme i el lliure laizzes faire es compagina amb un adoctrinament moral de base fortament cristiana.
Així, CiU, oportunament, ha sabut ocupar un “centre” social de profund ressò a Catalunya. Amb l’esmentada habilitat, ha sabut unificar l’espai de centre-dreta –i, tot s’ha de dir, més de dreta que de centre- d’aquest petit país. Així, la tautologia ha esdevingut una exitosa aliança. El resultat és que, fins ara, Convergència i Unió és un ferm partit de govern i, mentrestant, serà l’alternativa a aquesta qui haurà de refer les ressonàncies socials que els puguin permetre retornar al poder.
Però, sense eufemismes. Diguem les coses com són. Convergència i Unió no és “el centre”, és una hàbil aliança de dretes que ha sabut aglutinar allò que, a Europa, s’ha escenificat, sovint de forma heterogènia: la dreta econòmica, per un cantó i el conservadorisme tradicionalista, per l’altre.

domingo, 10 de julio de 2011

Aquella Mediterrània...


En el crepuscle vespertí del dia que el Sol irradia amb més força la Mediterrània. En l'instant, tot just, en el que davalla el Gran Astre. L'estiu esclata, intensament, sobre un cel de núvols passatgers que, amb la tramuntana, remeten rere les muntanyes i es perden a la llunyania, engolits pels penya-segats tintats, subtilment, d'un taronja que cedeix a la immensa blavor, cada cop més enfosquida.
Així, com en aquells viatges iniciàtics on a algú se li revela els més pregon dels Secrets de les bèsties subterrànies. Com en aquells tortuosos caminars que els antics realitzaven cap a Delfos -el lloc més sacre dels hel·lènics-. Igualment, el lapse que esdevé des que s'inicia la pretesa conquesta de Cadaqués, fins l'arribada al poble, és un instant de preparació iniciàtica. Una mena de propedèutica d'una Eleusis contemporània. Un esforç que requereix la profanació del Secret. La d'aquella Mediterrània Ideal que ja només perviu com a imatge de quelcom que ja ha deixat d'existir fa temps. Cadaqués és l'únic indret que conté aquella puresa, encara, virginal. Protegida per la millor fortificació. L'única que s'ha comprovat indestructible a les anises conqueridores d'aquest modern paràsit. Cap altra que la pròpia Natura.
Introduït en aquell indret de temps petrificat i, alhora, tant viu com el que més, és possible sentir la retirada dels déus pagans que, allà, encara romanen, desprenent, igualment, la seva màgia i la seva terribilitat. Doncs, en veure el poble, tant blanc, estenent-se sobre la falda de la muntanya que davalla fins la mar, un sent la equilibrada barreja entre plaer i agitació. Quan el Secret és revelat, alguna cosa trontolla dins la nostra ànima.
A dins, ja, de la fortificació, es veuen majestuoses les torres i els baluards. La foscor de la llicorella -aquesta pedra fosca i laminar tant particular d'aquesta terra- que ens posa sobre la taula, novament, el joc dual que esdevé en tot moment i que és la causa i l'origen de l'harmonia perfecta. Doncs el contrapunt és la blancor de les humanes construccions. En aquest dolç diàleg es desprèn la força tel·lúrica d'aquest poblet de l'Empordà. En cada indret es percep la particularitat del lloc com un diàleg tens i agradable entre allò natural i artificial. Les cases blanques i el seu joc magnífic d'obertures, de patis i de porxos -d'aquesta Mediterrània intemporal- es generen i creixen, espontàniament, sobre llengües de llicorella que s'endinsen en el sinus mateix de la Casa. Així, la construcció de l'Home és la manifestació de la pròpia Revelació. És evident que aquells qui varen construir el poble coneixien el Secret, havien sabut escoltar aquella veu dels déus de l'Antiguitat.
L'església, alçant-se amb fermesa, però amb la justa humilitat, posa de manifest un pacte estrany entre aquell Déu que ha guiat la nostra cultura des de fa dos mil·lennis i aquells que, sota les pedres de la vetusta Empúries, van remetre cap a aquest petit reducte costaner. I és tot just així que, el foc regenerador de la paganitat impregna de color aquest cel, ja negre. L'esperit del foc desfà i refà. Mostra la plenitud. Entre el sotracs i les llums, s'escolta el Secret. L'esperit li fa un lloc. Després d'escoltar la seva veu, alguna cosa canvia, ineludiblement, per sempre.

lunes, 13 de junio de 2011

Ball de bastons

Ahir vam viure aquell curiós matí on tots els municipis de l'Estat participaven d'un increïblement descomunal ball de bastons. Doncs ben bé vora uns 8.000 van ser els seus integrants, que feien relluir sota la llum pública i mediàtica aquest particular pal de fusta. Els informatius televisius recollien, diferentment, segons l'àmbit territorial que els hi era propi, un collage d'imatges on se succeïen homes i dones que prenien amb les seves mans aquestes vares, entre focus i càmeres i prolongats aplaudiments. Com els bastons que formen part d'aquesta popular dansa catalana, les vares esmentades tenen una tradició antiquíssima que té el seu origen a l'època medieval, en la mateixa gènesi del municipalisme. Aquell qui l'ostenta en les seves mans és converteix en el titular del màxim poder municipal.
L'alcalde -un personatge que no és aliè a ningú- però, no ha posseït ni de bon tros una naturalesa homogènia al llarg de la història. Doncs només cal girar la vista menys de mig segle enrere per veure allò que significaven aquests cap allà als anys 70 respecte allò que representen actualment. L'alcalde és, ara, el polític que emana més proximitat -o, almenys, així hauria de ser-. És un líder, evidentment, però amb una dedicació especial respecte al contacte directe de les coses "sobre el terreny". Fer aquest treball de camp és un fet, no només exigible, sinó necessari i inherent a la essència mateixa del càrrec. Quan els municipis esdevenen grans nuclis de població (sense parlar, ja, de les grans capitals de l'Estat), aquest contacte planteja cada cop més dificultats però, en cap moment, un alcalde ha d'oblidar el seu primer compromís; és un servidor d'aquells ciutadans que, alhora, són també veïns.
Ara fa tres setmanes, aquests ciutadans vam ser cridats a escollir entre unes llistes tancades de persones que s'oferien per a representar-nos políticament a a les diferents Cases de la Vila. Cal ser molt precisos a l'hora de definir allò que vam votar. Perquè tot aquell que hagi seguit amb un mínim d'atenció allò que esdevé, cada quatre anys, entre les eleccions i la constitució dels ajuntaments sabrà perfectament que els ciutadans no votem a l'alcalde. Aquest fenomen -que esdevé, alhora, sobre tota la resta d'eleccions- es fa especialment manifest en l'àmbit municipal, el més reduït de tots. Així com els diferents grups polítics, en graus més generals (autonòmic i estatal), mantenen una línia i un perfil bastant més acotable i reconeixible per tots, des de l'òptica local, presenten propostes més properes i concretes. Parlen de qüestions que el conciutadà pot sentir més seves. Pot trobar implicacions i motivacions sobre casos molt més específics i més palpables en la immediatesa. Per dir-ho d'alguna forma, les actuacions municipals gaudeixen d'un grau de tangibilitat molt més alt que la resta d'accions polítiques; doncs al cap i a la fi, la ciutat o el poble és el que és i tal com és. En aquesta mesura la correspondència de vot, en molts municipis, entre unes i altres eleccions, divergeixen significativament.
El fet, però, és que el ciutadà, en el sistema electoral vigent, es troba davant d'una pluralitat de llistes que defensen, unitàriament, una línia d'actuació, un programa polític. Ara bé, si radiografiem quins han estat els resultats de les eleccions a nivell de tota Espanya salta a la llum un fet rellevant: que dels 8084 municipis, en 1542 d'ells, cap llista política ha tret la majoria suficient com per poder governar en solitari. Dit d'altra forma, que en un de cada cinc municipis, la llista i -per defecte- el projecte polític, més votat pels ciutadans, es troba subjecte als condicionants que suposa haver de buscar aliances amb d'altres que defensaven propostes diferents. A Catalunya, pel fet d'existir una realitat que tendeix més al multipartidisme o, com a mínim, no es dóna el cas d'un bipartidisme tant polaritzat com a la resta de l'Estat, el fenomen que s'explica creix a més d'un de cada quatre municipis.
Amb tot plegat, moltes ciutats han viscut amb intensitat el procés de formació d'aquestes aliances. Les grans capitals i les poblacions més habitades han estat el principal focus mediàtic i ha produït sobre tots plegats una mena d'esquizofrènia. Érem reclamats, al mateix temps aquí i allà, volíem saber que esdevindria als municipis del nostre entorn i, alhora, al nostre propi. La rumorologia ha estat més intensa, sobretot, en aquelles poblacions més allunyades de la primera línia mediàtica on, certament, la liberalització de la comunicació que ha suposat la xarxa, ha ajudat a que molts ciutadans poguessin seguir els processos de negociació que definirien qui seria el proper alcalde.
Però, per altra banda, tot plegat resulta feixuc i l'exercici democràtic del vot perd sentit quan, més que representants, els regidors electes, han de ser intèrprets de la voluntat comuna. No té sentit votar a llistes tancades que defensen un programa quan, finalment, la política de pactes desvirtua allò que uns i altres volien. Es pot defensar això, en virtut que, així, tot és més democràtic; que en la mesura que els nostres representants polítics es veuen forçats a parlar i a constituir un programa comú, les coses han d'anar en una direcció més justa i equànime.
Però la realitat és que aquestes qüestions exegètiques i interpretatives escapen de la tasca que haurien d'exercir els polítics. En primer lloc, perquè les aliances, difícilment, poden satisfer a tots els electors que, en molts casos, es veuen defraudats quan són coneixedors que allò que van votar ha quedat diluït en una tonalitat ni d'un color ni d'un altre, sinó un intermedi extravagant que acaba per satisfer a ben pocs. En segon lloc, perquè, com a conseqüència d'aquest primer fet, es desgasta més la ja de per si malmesa classe política -en un Estat on quasi un de cada quatre ciutadans la considera com el principal problema del país-.
Per això, s'ha estès, cada cop més, el sentiment que comença a urgir una reforma del sistema electoral. Cal un nou sistema, en primer lloc, que esmeni les incorreccions del vigent però, al mateix temps, que no en derivin d'altres. Evidentment, obrir el debat significa iniciar una discussió sobre què pot ser més idoni i, paradoxalment, aquesta només es pot originar en el sinus d'allò que ha resultat d'aquest sistema caduc. Però, el cert, és que a les eleccions municipals es fa palesa, més que en qualsevol altre convocatòria electoral, la obsolescència d'un procediment on el vot és una delegació a un "no se sap ben bé què".
Des de la perspectiva que aquí es defensa, aquest nou sistema, hauria d'anar en la línia de poder realitzar un cribratge entre els diferents candidats que lideren un projecte, fins que, democràticament, s'acabés imposant aquell que triés la majoria. Per altra banda, això no s'hauria d'entendre com una derivació cap a un sistema personalista, on la figura s'imposés als representants i, aquesta, exercís la seva tasca executiva desvinculant-la de tota la resta de poders. Els regidors han de seguir jugant un paper clau en la governabilitat dels municipis. Cada assumpte particular ha de ser debatut, atenent a totes les esmenes que es proposin. Els Plens municipals han de ser veritables espais de debat públic -i com a tal, defugir de tot obscurantisme i fer arribar amb la màxima transparència allò que és matèria de tots els ciutadans-.
Mentre el sistema electoral continuï sense modificacions -i no hi ha cap indici que, des de les esferes de poder corresponents, hi hagi voluntat de fer-les- la constitució dels governs municipals continuarà sent com fins ara. Com un gran ball de bastons on la parella ara és la de davant, ara la de la dreta; mitja volta, cop al terra i canvia. I, entretant, el ciutadà, desorientat haurà perdut la seva referència. Ja no sabrà qui era aquell a qui ell volia atorgar la vara.

martes, 7 de junio de 2011

La Plaça agonitza...


Feia tres setmanes, la Plaça Catalunya era més viva que mai. Ara, pocs dies després, agonitza. Ahir a la matinada, pels volts de l'una, encara es debatia. Continuar o no continuar. Aquesta era la qüestió. Semblava ser que, aleshores, ja s'havia votat i, seguint els dictàmens de l'autodemocràcia que exigeix el moviment per la "Democràcia Real Ja", el futur dels acampats estava decidit. Evidentment, la majoria s'havia imposat; democràticament.
En el torn posterior d'intervencions, els joves arengaven a una Plaça de capa caiguda. De fet, aquells discursos posseïen un apassionament profundament desapassionat. Un rerefons revolucionari que res tenien a veure amb la retòrica lúcida d'aquells personatges històrics, dels grans populistes que obnubilaven les masses amb la seva paraula. L'alcohol i altres substàncies psicotròpiques presents a l'"atmosfera" contribuïen a relaxar la intensitat d'aquells parlaments. Les desenes de persones que seien a la Plaça ho rebien amb deferència i algun que altre intent d'alçada de braços i una agitació de les mans --un dels estendard a partir del qual el moviment ha simbolitzat un aplaudiment "silenciós"-. Aquelles paraules empatitzaven amb la majoria de joves, no tant pel contingut, com pel fet que la freqüència del so generava unes dolces vibracions internes. Una mena de música de fons que amenitzava la matinada.
Jo, des del Portal de l'Àngel, i com aquells tripulants grecs de la nau de l'intrèpid Odisseu, que desviaven el seu destí rendits a la candidesa de la melodia de les Sirenes, vaig dirigir-me sense reflexionar un sol instant, només guiat per la curiositat de saber què hi havia darrera d'aquells greus amplificats que reverberaven sobre les proximitats del "rovell de l'ou".
Era coneixedor, per la premsa, que, en aquell moment, s'acabava de debatre el futur de tot plegat. Al final, què? Continuaven? O no? En aquest últim cas, haurien consensuat algun full de ruta a seguir? L'assumpte, a priori, era tant senzill com entrar-hi i preguntar. En una "Democràcia Real" i, al bell mig del seu nucli decisori, si alguna cosa era evident és que hi sobraria informació.
Decideixo entrar. De fet, tres personatges que custodiaven un dels accessos de la Plaça, em fan entrar . No formaven part de cap comissió de seguretat. No pretenien evitar infiltracions de Mossos d'Esquadra o altres persones alienes que poguessin entrar amb l'objectiu de dinamitar la mobilització des de dins. Simplement era un subcomitè de la comissió de la felicitat etílica i psicotròpica que, espontàniament, s'havien situat en aquest punt. Eren persones contundents i pesades, amb unes barbes especialment poblades que oferien un cuidat aspecte de deixadesa. Era el primer contacte. Vaig comunicar que jo també estava "indignat". Que volia saber què s'havia decidit. Entre uns riures contagiosos que denotaven que aquelles persones havien aconseguit un nivell d'afinitat altíssim i que eren partícips d'una veritable democràcia "flotant", em van convidar a saber-ho. Cop a l'esquena i cap endins. Un cop violent, en la seva mesura, confraternal i, sobretot, profundament "democràtic".
Ja era a dins. Deslliurat d'aquell riure empallegós, vaig apropar-me a un dels joves que, dret, semblava seguir allò que es comentava a l'escenari. "Què han dit? Es continua?". No ho sabia. Acabava d'arribar. Al costat i ha una altra colla de nois, també dempeus, cap al fons de la Plaça --la zona més propera a la Rambla i oposada a la tribuna d'oradors-. Tampoc ells podien contestar-me la pregunta.
Decideixo endinsar-me cap a la catifa de persones assegudes que s'estenien sobre els quadrants que tendien a Collserola --més a prop de l'escenari- pensant que allà les paraules arribaven més nítides. No m'equivocava. Algú era capaç de donar alguna mena d'explicació. Repeteixo per quart cop la pregunta. Em contesten: "Sí, sembla que sí, que de moment ens quedem uns dies més". "Aleshores, - pregunto- no s'ha determinat cap línia a seguir més enllà de la mobilització de Plaça Catalunya? No es descentralitza? No anirà als barris?". "Sí, sembla que aquesta és la idea, que anirem als barris".
Així, la resposta és sí. Sí, sembla que continua. Sí, sembla que no. Posats a preferir, m'agradaven més aquells que "no sabien" més que no pas aquell xicot que tot ho afirmava. Per parlar sense dir res és millor, directament, callar. El noi estava estirat. M'exalto una mica davant tanta passivitat. Li comento que em fa la sensació que "comencem a estar una mica apalancats", que la protesta és i ha de ser activa i això, cada dia que passa, ho és menys. Alerto que es comença a estendre la sensació que això és un "botellón" encobert. Ell afirma, evidentment. "Sí". Em dona tota la raó mentre m'escolta estirat. I, per primer cop, aporta alguna cosa: "També tenim dret a fer unes cervesetes quan arriba la nit". No en tinc cap dubte i el recolzo en aquest punt. Però, lògicament, fer-ho en un àmbit on la finalitat és refer un sistema just i equitatiu representa tota una exaltació a la cultura del no-fer-res. Un hedonisme utòpic i superflu d'una societat permanentment alcoholitzada. Constato, per altra banda, que la nit, a Plaça Catalunya, no és un "botellón" encobert. L'última paraula és totalment desencertada. Doncs no hi ha cap pretensió d'encobrir res. La gent beu sense amagar-se i els venedors indis i pakistanesos de llaunes han vist una mina d'or en la nocturnitat del moviment 15-M.
Desisteixo de continuar preguntant pel resultat de la decisió. Prefereixo fer una passejada i copsar allò que passa més endavant, cap allà on són els oradors. M'hi apropo però em costa accedir. El perímetre, més encara que l'interior, està infestat de venedors ambulants de cervesa mentre, d'altres, ofereixen una mena d'empanades d'una higiene més que dubtosa. M'aturo i li pregunto a un d'ells com li va el negoci. Riu. Comenta que ell espera allà fora. Ell no vol entrar a la Plaça. Amb un castellà difícilment intel·ligible, em fa entendre que prefereix aquesta posició per encolomar algunes cerveses de més als "borratxos" que surten de dins. Estratègies comercials.
Per fi aconsegueixo apropar-me el màxim possible a la zona on hi ha la tribuna des de la qual parla la gent. Bordejant el costat més proper a la muntanya, allà on són les fonts, veig la zona de descans, on tants han passat les últimes nits aquests dies. Per les hores que eren hi havia prou activitat. La proximitat a l'escenari devia dificultar el son. Em situo just a la banda dreta de la tarima, on algú ha pres la paraula. Pregunto que s'ha de fer per parlar. Em diuen que ja s'han assignat tots els torns i que, fins demà, ja res. Una noia, amb una exaltació que desprenia un significatiu enolisme, crida: "Es que estem tan indignats que ens indignem perquè tots els indignats volen parlar!". És, sens dubte, la frase amb més substància de tot el que he sentit fins ara. Fins i tot contenia una al·literació atractiva. Certament seductora. Els discursos, per altra banda eren soporífers. Però en l'ensopiment general, descobreixo per fi l'interrogant. Havien votat marxar!
Quan? No ho sabia. Però semblava que finalment, l'acampada a la plaça més cèntrica de la ciutat s'encaminava al seu final. Després de ben bé tres quarts d'hora havia aconseguit destapar la gran pregunta. Em donava per satisfet i decidia posar fi al passeig. Mentre marxava, descobria una altra subcomissió que em va despertar interès. Es tractava d'una colla d'unes cinc persones, estirades sobre tovalloles. Era una subcomissió de "cinema", no creatiu, sinó passiu. Havien instal·lat una pantalla plana de televisor d'un bon grapat de polzades. Desconec la presa elèctrica que alimentava aquell aparell. Desconec, igualment, la naturalesa del film que es representava. En tot cas, no deixava de ser l'última curiositat i contradicció d'un moviment on tothom era admès però que, en qüestió d'uns pocs dies havia adquirit un caire ben diferent respecte a allò que molts vam creure veure durant la seva primera setmana de vida.

jueves, 2 de junio de 2011

No hay quien se salve

La desafección de la ciudadanía respecto a cualquier poder fáctico ha llegado a la máxima expresión tras el estallido de la grave crisis económica en la que estamos inmersos. Es fácil evidenciar esto en los recientes movimientos sociales, de generación espontánea, acontecidos en diferentes lugares del Estado. El mensaje es claro: quien nos ha conducido a la crisis debe pagar por ello.
Esta reclamación es tan legítima como legal. Pues solo hace falta apelar al principio de responsabilidad civil, según el cual en cualquier “acción u omisión [que] causa[ra] daño a otro, interviniendo culpa o negligencia[, el responsable] está obligado a reparar el daño causado”. Ésta máxima aparece sublimada desde hace tiempo como norma jurídica, recogiéndose en el artículo 1902 de Código Civil español.
Sin embargo, un análisis algo pormenorizado de todo ello puede llegar a alumbrar ciertas exenciones dadas por evidentes tras la primera lectura del principio citado. De los culpables, hay de evidentes. En primer lugar, aparecen los bancos. No hay duda. La crisis del crédito implica directamente a las entidades crediticias. Una concesión responsable y medida de éstos hubiera evitado el colapso. Pero, aunque ahora parezca mentira, nadie quiso verlo. Y economistas de prestigio profesaban la fe de la cultura del dinero fácil. Los grandes bancos no supieron ver más allá de una prosperidad y un crecimiento sin fin, donde el crédito era cubierto por más crédito y así sucesivamente. Parecía mentira que hubiésemos vivido tanto tiempo sin verlo, pero El Dorado lo teníamos en nuestras manos. No hacia falta emprender grandes aventuras, ni navegar largos océanos. Pues los bienes inmuebles habían recibido la gracia de Dios en la medida que su valía en el mercado crecía, aunque sin crecer aparentemente nada –pura ficción-. Pero era evidente que crecía. Aquí yace el primer y fundamental aspecto de la crisis.
El segundo blanco de los indignados son los políticos. La desafección, además, se fundamenta en la visión de éstos como un modo de parasitismo. Unas especies sumamente viles que han aprovechado la coyuntura del “servicio al pueblo” para el “autoservicio”. La política se aprecia como un gran buffet libre. Una vez uno entra y saborea sus mieles ya no puede evitar caer en la tentación. La idea subyacente, por ello, no deja de ser la de que el ser humano es corrupto por naturaleza y que, unos pocos seleccionados –por el pueblo- tienen acceso a todo aquello que el pueblo dispone para ellos.
Sin embargo, lo que aquí se quiere poner de manifiesto no es esta faceta que si, ciertamente, contiene su parte de verdad, no debería ser generalizable hacia el conjunto de la clase política sin excepción. El problema se ha encontrado más en la infestación colectiva respecto a la fe del libre mercado. Pues si alguien ha tenido en sus manos la posibilidad de regularización han sido los gobiernos respectivos. Pero si algún rebelde mostraba la alienación respecto a la fe, inmediatamente, el común lo tildaba de apóstata y se le calificaba con aquel ignominioso adjetivo de “intervencionista”. Cuando un gobernante optaba por este extremo, era, rápidamente marginado por los mercados, que veían barreras a su libre actuación y, claro, cuando el mercado es global, pues éstos lo tienen fácil. Hay lugares donde serán recibidos con alfombra roja –esto es, con una legislación mínima para ejecutar su “laissez-faire”-. Así, el pragmatismo indicaba que lo mejor era contentarlos y tratarlos con las máximas deferencias. Parecía un sinsentido, además, que con un crecimiento del 4% de la economía española –en 2006- alguien pudiera plantearse hacer un feo a aquellas ONGs con ánimo de lucro que habían hecho de España el país de las grandes oportunidades ¡Viva el libre mercado!
Seguimos. De la patronal, lógicamente, poco más se puede añadir. Pues, remitiendo a la cuestión del banquero; son también ellos los que han apostado por un modelo de crecimiento-ficción, junto a una deontología prácticamente nula. Han sido los exprimidores de la máxima avaricia del crecimiento sin límites que, sin duda, ha devenido una causa necesaria y fundamental del colapso.
Pero ¿y sus antagónicos? ¿Y los sindicatos? Aquí muchos caerán en la primera exención de responsabilidad. A ojos de tantos, los sindicatos continúan siendo los baluartes de la defensa del proletariado –en el sentido marxista de la palabra-. No nos engañemos. Ellos, como un poder fáctico más han sabido jugar a la perfección la práctica del doble rasero. Han fomentado el "aborregamiento" de la clase trabajadora –si es que en el siglo XXI se puede hablar en tales términos- exaltando la camaradería y neutralizando todo espíritu crítico individual más allá de la línea de pensamiento dictada por una directiva, tan privilegiada como la del empresariado. Han profesado un proselitismo barato, encubriendo todos estos privilegios, en tantos casos tan inmorales como lo que se ha comentado anteriormente de la clase política. Esto es, el servidor a la práctica del autoservicio.
Parece que ya no queda nadie, ¿o sí? ¡Quedamos nosotros! Y nosotros, ¿quiénes somos? Pues el “nosotros” refiere a todo aquél que no puede inscribirse a ninguno de los actores sociales anteriormente descritos, es decir, el ciudadano llano. Éste si que es el autentico damnificado. Y lo afirmo sin ironía alguna. Pues parece evidente que quien pierde puestos de trabajo, poder adquisitivo o es objeto de embargos y desahucios es difícilmente acotable a un grupo de interés como los citados. Pero, sin embargo, ¿estamos nosotros exentos de toda responsabilidad? No lo creo.
Sobre nuestras bases se ha apoyado el aparato que ahora queremos negar. En nuestras espaldas se han asentado los pilares de la injusticia, ahora por tantos reconocida. Cada uno ha pretendido su interés y, en ello, no hemos representado más que un terreno que, como tantos otros, ha sido vendido a la especulación del libre mercado. Ahora nos quejamos. Nos indignamos. Legítimamente. Decimos que nos duele ya el cuerpo de cargar el peso de un edificio, como tantos otros, devaluado por la crisis. Pero en su momento participamos del pastel. Claro, en menor parte. Pero lo hicimos.
Ahora, rebeldes, nos agitamos como agua hirviendo y pretendemos desmontarlo todo. Reclamamos, por ejemplo la dación en pago, cuando, en su momento, asumimos parte de un contrato donde fuimos casi tan irresponsables como aquéllos que nos concedieron crédito sin aval ninguno. Creíamos que, si llegaba el caso, podíamos hipotecarnos hasta el infinito; pues el sistema lo permitía. Asumámoslo, fuimos irresponsables.
Así, la crisis es cosa de todos y, todos, debemos cargar con ella. Si el sistema fuera justo –que no lo es-, repartiría esta carga en partes proporcionales a la cuota de responsabilidad del perjuicio común generado. Y ahí remito nuevamente a lo dicho al comenzar; al principio de responsabilidad civil. Que todos los poderes fácticos deberían pagar no es un consuelo que nos redima de nuestros pecados. Sólo es un aviso, para el presente y para el futuro. Una apelación a la culpa proporcional y a la responsabilidad común. Debemos tenerlo en cuenta.