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miércoles, 20 de marzo de 2013

Chipre: pormenores de un rescate


Nos llega la triste noticia del rescate a Chipre. Rescate copagado, sin embargo, y de modo igual, desde las mismas arcas chipriotas y desde la troika (BCE, FMI y Comisión Europea). El 50% del mismo lo cubriran los tenientes de depositos en bancos de este país, el resto se cubrirá entre todos.
Este rescate contiene, sin embargo, distintos aspectos que deben salir a la luz:
1) Chipre ha sido un paraíso fiscal integrado en la Eurozona. El beneficio fiscal obtenido por la deposición que han ofrecido los bancos y las autoridades chipriotas ha sido muy, muchísimo, mayor a la media de los países que tienen como moneda el Euro. Lógicamente eso ha conllevado que muchos inversores recurrieran, alocadamente, a la disposición de sus ahorros en dichos bancos, preferiendo éstos a los de cualquier otro país de la UE. La responsabilidad de ello es, lógicamente, compartida: el gobierno chipriota se beneficiaba de la gran cantidad de capitales que descansaban en sus bancos; mientras, la UE –incomprensiblemente- obtuvo los réditos correspondientes a Chipre como Estado Miembro -y paraíso fiscal- sin verificar sus condiciones económicas para poder dar suficientes garantías como miembro de la Eurozona.
2) No todos los tenedores de depósitos son iguales. Aún siendo Chipre un paraíso fiscal, no todos los depositantes de dinero en sus bancos han sido igualmente castigados -hay que decir, hoy, que la UE estudia imponer unos tipos más equitativos-. Sin embargo, la misma Unión ha trasladado hasta ahora el castigo por disponer de ahorros en los bancos chipriotas, en un castigo igual a las grandes fortunas y a las pequeñas; pues los tipos de retención estipulados son los siguientes; mientras los grandes capitales (más de 100.000 €) gravarán un 9,9%, el tipo impositivo para los ahorradores de depósitos inferiores a 100.000 € será del 6,75% .
Es evidente que, si se tuviera que hacer frente al rescate mediante al ahorro, los tipos son demasiado onerosos; pues una familia –póngase, de media, una numerosa, de cinco miembros- que dispusiera de un ahorro en depósito –imagínese, de 20.000 €-, y que dichos ahorros fueran la base para poder sostener –sobrevivir- el día a día; dicha familia seria castigada con la imposición de 1.350 € -cantidad nada negligible para un pequeño ahorrador-.
3) El beneficio fiscal se atribuye, casi excluivamente, al capital extranjero. Los ciudadanos, en su amnesia –o indiferencia- colectiva, no ha hecho nada para cambiar la situación. Todos sostuvieron una situación económicamente insostenible; el dinero facturado por el sector bancario chipriota fue cuatro veces superior al mismo PIB del país. Es evidente que esta rátio es insostenible en cualquier estado con tributaciones normales. Sin embargo, mientras el ciudadano común chipriota tributaba a unos tipos insoslayables, han sido las grandes fortunas las que han depositado dinero sobre los bancos del país, buscando el mayor beneficio fiscal -y lo han obtenido-. De ahí el súbito interés de los gobernantes rusos –Putin y Medvédev- en que no haya afección alguna sobre el dinero depositado en los bancos del país isleño.
4) Quiebra la aseguradora más fiable: la Unión Europea. El periodo 2008-2009, previa evidencia de una inminiente crisis económica paneuropea y de consecuencias indeterminables, se decidió crear un seguro para todos los depósitos bancarios inferiores a 100.000 €. No era un seguro privado; lo garantizaba la mismísima Unión, mediante mecanismos heterogéneos. Es evidente que el recargo impuesto ahora sobre los depósitos chpriotas rompe con una norma aprobada en las más altas instancias de la Unión. Una norma que en España logró inducir a muchos ahorradores a disponer, en tiempo parcial de su dinero en depósito, conociendo el aval que garantizaba la UE con el Fondo de Reestructuración y Ordenación Bancaria (FROB).
Sin duda, un severo golpe a la seguridad jurídica de la UE, con consecuencias inconmensurables.

martes, 31 de enero de 2012

Malditas agencias de "rating"

Mientras Europa se sume en una nueva y severa recesión, las maldichas agencias de ráting anuncian en sus cuentas unos beneficios ignominiosos. Pues la crisis no es que les haya resultado indiferente sino que, más aún, les ha proporcionado el gran trampolín de lanzamiento para poseer casi el completo de la gobernanza económica global. No ha bastado con las sospechas que recaen sobre estos agentes de ser causantes directos de la Gran Recesión, sino que, además, han sabido aprovechar funestamente la oportunidad para tomar los hilos y, así, mover y remover; y poner y deponer, incluso, gobiernos enteros de naciones que, se dicen, soberanas. Simplemente, a su libre -e interesado y especulativo- albedrío. En esencia, han actuado como los tenedores de los hilos de un teatro de marionetas donde todo es posible y donde el objeto de lo posible es la totalidad del Mundo. A su vez, en correspondencia con este mundo cibernético en el que vivimos, todo ha quedado reducido a una sencilla combinación binaria de dos letras que se manejan con la frivolidad de un infante caprichoso: la"A" y la "B". Dos letras inocentes, en si mismas, pero que, al mismo tiempo, en perversas combinaciones, poseen una capacidad potencial de destrucción difícil de determinar.
Sin embargo, hay que decir que ese potencial no nace de la nada. Pues su origen yace, fundamentalmente, en el altavoz mediático del que éstas han gozado. Europa no es inmune y ha alentado su propio gran monstruo. Por un lado, las doctrinas de estas agencias han sido perversas, pero sus dictámenes los hemos considerado concluyentes. Planteamos, incluso, crear una agencia de ráting propia, pero, a su vez, no fuimos capaces de romper con el veredicto del maldicho tridente norteamericano. El vicio, al fin, recae sobre la importancia que nosotros les otorgamos; al efecto multiplicador que le ofrecimos a su mensaje. Ciertamente, hemos sido portavoces de “nuestro” diablo.
Pero, ¿y si Europa y sus medios de comunicación les negaran la palabra? ¿Y si dejáramos de alentar, entre todos, una voz que consideramos desacreditada e infausta? ¿Y si condenamos dicha voz a la más pura marginalidad, porque nadie la atiende, porque, sencillamente, ha dejado de ser noticia? Entonces, ¿de qué poder de mercado gozarían? En esa coyuntura, ¿alguien les haría caso?

sábado, 15 de octubre de 2011

La dación en pago: ¿es la solución?

Ante esta crítica situación, cada vez más, se han multiplicado las voces que han solicitado la llamada dación en pago, mediante la cual, la dación del inmueble hipotecado implicaría la liquidación de la misma hipoteca contraída. Ha habido unanimidad entre los “indignados” respecto a la incuestionabilidad de este procedimiento como, asimismo, la hay, también, entre la mayoria social. La banca ha sido irresponsable. Muy irresponsable. Tanto en las altas tasaciones de los immuebles como en la fácil concesión de crédito, casi sin avales, que tuvo lugar en tiempos de vacas gordas.
La dación en pago, sin embargo, ha encontrado una permanente obstrucción parlamentaria. Los dos “grandes” del panorama político español han bloqueado cualquier proposición de ley que pretendiera incorporar este mecanismo dentro de la legislación española. El motivo era que la dación en pago no solucionaba los fundamentos del problema. Y, ciertamente –aunque la verdadera motivación “fundamental” de PP y PSOE yazca en otros ámbitos-, hay que decir que tienen  razón. ¿Por qué?
Fundamentalmente por un motivo. El interés (aquello que el deudor debe pagar de más como compensación a la dación del credito) se basa en un acuerdo contractual que, a su tiempo, tiene origen en la misma ley de la oferta y la demanda. En un tiempo –y una coyuntura- determinada, el deudor y el acreedor fijan unas condiciones. En caso de incumplimiento, el deudor deja a manos del acreedor el bien sobre el cual recae el pago del crédito. Si la dación en pago fuera autorizada por ley como mecanismo de ejecución hipotecaria, el acreedor determinaria unas nuevas condiciones de juego. Pues en la legislación vigente –esto es, la actual-, este último sabe que tiene ventaja. Sin embargo, una reparación legislativa que equiparara a ambos –mediante la autorización de la dación en pago– provocaría que el acreedor -ya de por si tacaño en estos nuevos tiempos- exigiese un mayor esfuerzo al deudor. Eso es lo que, en términos económicos, se denomina “riesgo”.
 Ciertamente, el tipo de interés es el indicador de riesgo. Ahora, más que nunca, es fácil apreciar en medios de comunicación este carácter. La mediática “prima de riesgo”, por ejemplo, no es otra cosa que el diferencial entre el interés que un Estado debe pagar por sus bonos a un plazo de diez años, en comparación con las obligaciones alemanas –que se consideran, de facto, las más seguras de Europa-. En la economía capitalista, nadie da “duros a pesetas” y, siempre, el interés exigido será mayor cuanto mayor sea la posibilidad de impago.
¿Y todo ello que tiene que ver con la dación en pago? Pues, sencillamente, que la autorización por ley de la misma conllevaría, en la medida que los acreedores se verían sometidos a una mayor exposición al riesgo, a un aumento de los tipos de interés. Este extremo, en un contexto económico como en el que nos movemos, seria fatídico. La economía, en una fase de incertidumbre, tendería a la contracción. El movimiento del dinero se ralentizaría y, asimismo, los tipos que se fijaran entre los mismos bancos –determinado, globalmente, por el Euríbor- aumentaría. Y, aún más, como consecuencia de todo ello, aquellos que tenían la hipoteca sujeta a variables se verían sometidos a un esfuerzo mucho mayor –y aumentando, a su vez, los casos de impago-.
Así, ¿por donde pasa la solución? Pues remontándonos muy anteriormente a todo lo planteado. La solución es muchísimo más fundamental. Hay que introducir nuevos mecanismos reguladores que eviten el desencadenamiento de este camino sin salida. El legislador debe empezar a trabajar desde ahora mismo y con vistas a un futuro a largo plazo. Lo que vivimos hoy es fruto de la adopción global de la doctrina neoliberal y, su solución, solamente puede pasar por combatirla per se y, en ningún caso, mediante parches coyunturales. La dación en pago no es, pues, la solución.
¿Y todas aquellas familias desahuciadas? ¿Y todos los que pierden su vivienda y quedan sometidos al drama de verse de pies en la calle? En estos casos deben actuar mecanismos de mediación –que la Administración debe ofrecer y promover- y, cuando sea pertinente, exigir responsabilidades civiles o penales a las entidades de concesión de crédito que hayan podido cometer negligencias o delitos. Pero cabe tenerlo claro. La autorización por ley de la dación en pago, ahora por ahora, sólo implicaría una cesión temporal en un ámbito muy incierto y la consolidación de un problema de naturaleza mucho mayor.

lunes, 29 de agosto de 2011

Rodeos variados entorno a Heidegger

Aprovechando el reposo veraniego, se retomará el tema sobre el cual ya se ofreció un condensado tentempié en un artículo anterior; la filosofía de Martin Heidegger. En este caso, sin embargo, la linealidad cronológica con que se expuso antes sufrirá ciertos sobresaltos. Pues lo que se ofrecerá a continuación se aproxima más a una sucesión de pequeñas degustaciones metafísico-gastronómicas, con la finalidad de tomar contacto con ciertos sabores algo diversificados, pero con el debido cuidado de que el paladar no sufra en exceso en el paso contrastado de uno a otro.
De entrada, se comenzará sirviendo una crítica que Theodor W. Adorno realizó, en 1962, sobre la posición heideggeriana con respecto a la metafísica. En ella, se critica el “arcaísmo” de Heidegger –tildado irónicamente de summus philosophus-, la vacuidad de su prosa de resonancias líricas y, al fin, su reaccionarismo ante la tecnificación del mundo y el conservadurismo ideológico que se desprende entorno a la idealización de lo campestre. El texto que sirve a Adorno de fundamento de su crítica fue un breve artículo que Heidegger publico en un boletín local de Friburgo en 1934, titulado ¿Por qué permanecemos en la provincia?
Y ciertamente, lo que acontece a continuación –como apéndice a esta primera degustación- son las preguntas con las que se enlazará hacia el siguiente punto; ¿existe dicho trasfondo retrógrado y tardoromántico en toda la fundamentación metafísica de Heidegger? y ¿es posible concebir y casar dicha metafísica con otra en la que se haga plenamente presente lo moderno-contemporáneo?
Pues según el punto de vista que aquí se ofrece, Heidegger, desde su aislamiento en Todtnauberg –un pequeño pueblo rural donde tenia situada su cabaña de meditación, en la ladera de un monte que se adentraba en plena Selva Negra-, fue capaz de proceder a una fundamental segregación con respecto a lo ente –esto es, a todo cuanto acontece- que le permitió traslucir ciertas cosas sobre aquello que la moderna historia de la filosofía sólo había sabido tomar, frívolamente, como síntomas que apuntaban en la dirección ortodoxa del positivismo científico. Nadie como él fue capaz, sin embargo, de penetrar en la esencia de lo textual sin caer en los modernos prejuicios. Y ello estaba, ineludiblemente ligado, a una necesaria separación con respecto a lo mundano.
Dicho esto, Heidegger quiso, ciertamente, fundamentar su metafísica en esta originalidad del ser[1] y, en cierta forma, recuperar algo de ello sin negar que el terreno originario ya ha huido y que es imposible retenerlo en su integridad. Sin embargo, había en toda su obra una voluntad de lograr una relación más pura con lo ente y, por ello, lo ente mismo debía comparecer fuera de la objetivación moderna[2].
¿Y donde estamos ahora con respecto a todo ello? Esta pregunta anticipa la llegada del siguiente producto de degustación -del que podremos apreciar una cierta textura sociológica entremezclada con la ya saboreada base de metafísica heideggeriana-. Pues la ciencia sociológica –en tanto que subproducto del pensamiento moderno- a apuntado a una novísima modalidad de relacionarse con lo ente. En esencia, es el más extremo re-presentar, del que ya había hablado el filósofo en el ensayo La época de la imagen del mundo. Ahora, en los tiempos contemporáneos- la imagen ha llegado a tomar tal peso que, el sujeto representante –aquel que está tras lo ente puesto en escena-, se disuelve a menudo entorno a lo que él mismo representa, hasta el punto que ello aparece ya fuera de medida. La μέτρον griega, esto es, la posición en la que cada cual sitúa lo abierto –o lo ente que se abre a su paso-, queda sustraída por la virtualidad.
Esa virtualidad se manifiesta en cada una de las acciones del hombre contemporáneo occidental –y cada vez, más, global-. El ser de las cosas pasa a perder cualquier contacto con respecto a todo apoyo –o todo escenario- en el que sustentarse para presentarse en la más pura volatilidad de lo etéreo. Esto puede verse, por ejemplo, en la propia noción de economía especulativa, enfrentada a la de economía real –un nuevo jugo que se incorpora en nuestro festín gastronómico-. Nada más ilustrativo, en los tiempos que corren que, el dinero –ya de por si una abstracción de lo material- sea tomado como una falsa materialidad y, así, a su vez, se haga abstracción de aquello que, en esencia es ya abstracto. Por otro lado, también se habla del mundo interconectado, donde las distancias desaparecen en la medida en que se disuelve la μέτρον y, así, el ser-hombre deambula errático entre un algo sin esencias.
Para poner fin a este extraño surtido gustativo, se retomarán las preguntas formuladas antes, ahora para introducir los postres; ¿existe dicho trasfondo retrógrado y tardoromántico en toda la fundamentación metafísica de Heidegger? y ¿es posible concebir y casar dicha metafísica en otra donde se haga plenamente presente lo moderno-contemporáneo? Se le ofrecerá al paladar un sorbete arquitectónico que pretenderá alumbrar la respuesta hacia estas cuestiones.
El primer sorbo irá de la mano del arquitecto anglo-australiano Glenn Murcutt y su edificio para la residencia de estudiantes del Arthur & Yvonne Boyd Art Center. Contemporáneo; de 1999 y cerca de Sydney. El edificio se alza con la sobriedad de un templo clásico. Retiene y cierra todo el orden de aquello que a su alrededor acontece. Una ladera realzada por las expresivas ventanas, que abren el mundo hacia su interioridad y, a su vez, ésta lo recoge en un cuidado casi fundamental y originario. Como en aquella ladera de Todtnauberg, el edificio, tranquilo, muestra a su(s) morador(es) aquella μέτρον que ha sido negada tantas veces por la contemporaneidad. Mantiene esta justa medida para con el todo. Asimismo, una estrecha escalera se muestra soberbia y, a su vez, contenida por la pesadez limpia de dos muros de hormigón. La cubierta metálica, ligera, como un plano ingrávido que, sin embargo, nada teme de la robustez de los muros, contrapuntándolos en peso y sombra. Su inclinación perfila el cielo y manifiesta un justo y difícil equilibrio.

Ingerido el primer sorbo, se accede ya al segundo y último. Lina Bo Bardi, arquitecta italo-brasileña y su Museo de Arte Moderno de São Paulo, finalizado en 1962. Aquí lo monumental despunta, en primer lugar, por dimensión y color. Dos enormes pórticos de hormigón, pintados en rojo, sostienen un prisma rectangular con estructura de sándwich. El espacio, sencillo y austero se alza, ya no en lo campestre, sino en lo urbano. Pero, a su vez, asume la urbanidad desde una plena perspectiva humana y local. Crea una gran plaza sombría que se ofrece como un ágora contemporánea, en una ciudad donde la incidencia de los rayos solares es intensa. Así, invita a la congregación y al encuentro ciudadano, negando, a su vez, que en la ciudad todo sea residual y neutro, y reafirmando al hombre y a todo cuanto este tiene a su alrededor.


Una vez ya todo yace en el estomago, es momento de la digestión. Los postres han ilustrado mucho acerca de la esencia del pensamiento heideggeriano y su relación con la contemporaneidad. Cierto es que el apego de Heidegger ante su entorno dio lugar a una retórica particular. Pero, asimismo, y en contra de lo apuntado por Adorno, el trasfondo supuestamente “arcaizante” es más una cuestión de estilo que no una posición metafísica en si misma. Tanto en Murcutt como en Bo Bardi se puede apreciar esa esencialidad heideggeriana. Un trato para con las cosas donde estas comparecen depuradas, en una especie de esencialidad originaria. A ello se refirió el propio Heidegger de forma más tardía con la metáfora del puente, en Construir, habitar, pensar. Ese congregar[3] y mantenimiento de la μέτρον -en tanto que orden de aquello que tiene por esencia el estar-a-la-mano-.
Así, el permanecer-en-la-provincia puede –y debe- considerarse desde el punto de vista de dicha recuperación original, más que una negación de lo técnico o de lo urbano. Murcutt muestra como aquello tan de nuestro tiempo -el hormigón y las ligeras cubiertas metálicas- pueden congregar, asimismo, al hombre en esta relación que Heidegger alumbró. Asimismo, Bo Bardi, sin negar la urbanidad, la reafirma, como lugar donde acontece esta congregación. Con toda esta digresión, sale a la luz la plena posibilidad de la vigencia del pensamiento heideggeriano. Su plena contemporaneidad. Y, sobre todo, lugares (τόπος) donde estos se manifiestan.
En tiempos de virtualidad y de a-topía, el reencuentro con lo originario tiene un tinte de sacralidad que se hecha de menos. A menudo, como un efecto catártico en una época donde la abstacción de lo abstracto se ha impuesto alejándonos de todo cuanto de realidad hay en el mundo.


[1] Véase el artículo El “ser” y la concepción del mundo.
[2] O, dicho en los términos que el propio Heidegger utiliza en Ser y Tiempo, como estar-a-la-mano del Dasein
[3] Vocablo, además, que forma parte de la terminología habitual de Heidegger.

martes, 2 de agosto de 2011

¿La Acrópolis en venta? ¡Todo en venta!

La grave situación de insostenibilidad económica en la que vive inmerso el estado griego ha puesto sobre la mesa, estos últimos días, hipótesis realmente estremecedoras e impensables casi bajo cualquier circunstancia. El pasado mes de marzo, la revista británica The Economist, en un artículo titulado "Sell, sell, sell" ponía de relieve la severidad de las exigencias que los ministros de finanzas del Eurogrupo proyectaban sobre Grecia y, para exaltar ya de entrada al lector, se tomaba prestada una cabecilla del tabloide alemán Bild que profesaba: "Vendan sus islas, sus insolventes bancos griegos y, ¡también la Acrópolis!"
Sin embargo, lo que a priori parecía hiperbólico o mera retórica sensacionalista ha empezado a emprender cauces de realidad. Pues parece que el guante lo han tomado ya otras publicaciones. Sin ir más lejos, el pasado domingo 24 de julio el suplemento dominical interno de El Periódico hacia un extensivo estudio sobre la viabilidad de dicha venta, las consecuencias y, en definitiva, todas las preguntas inmediatas que a uno le surgen ante lo que supondría la privatización del mayor bien artístico del estado griego.

Pues hecho este pequeño prefacio, será mejor abandonar lo prosaico de la cuestión planteada para, en una posterior etapa, poder abordarlo con más y mejores herramientas de las que ahora disponemos. Este abandono requiere una propedéutica de cierta ambientación poética para adentrarnos en aquel territorio huidizo del que queremos tratar. Y nada mejor que recordar un fragmento del Hyperion de Hölderlin, que reza: «"¡Oh Partenón", exclamé, "orgullo del mundo! A tus pies yace el reino de Neptuno como un león domado, y son como niños los otros templos agrupados a tu alrededor, el agora elocuente y el bosque de Acadamo…" "¿Es posible que consigas trasladarte de tal forma a las épocas antiguas?", me dijo Diótima. "No me recuerdes aquellas épocas", respondí; "había una vida divina y el hombre era entonces el centro de la naturaleza. La primavera, cuando florecía en torno a Atenas, era como una flor modesta en el seno de una doncella; el sol se levantaba rojo de pudor sobre los esplendores de la tierra."»[1].
Efectivamente, nada hubo como el templo majestuosamente perfecto que coronaba y reinaba la alta ciudad de los dioses y que imponía la presencia de la divinidad con una extremada inmanencia sobre el todo -y que el cristianismo no pudo, o no supo, aceptar-. Aquella presencia desbrozaba un mundo sobre el cual nos hemos construido metafísicamente a lo largo de más de dos milenios y a quien le debemos tanto como nuestro propio ser actual.
Y la ruina apela precisamente a aquello que fuimos -y que ya no está-. A aquellas épocas donde había, efectivamente, una "vida divina". Heidegger, tomando el camino iniciado por Hölderlin, supo captar esa espacialidad particular donde los dioses remitieron. Pues cabe recordar que espaciar es -o fue- "libre donación de lugares en los que aparece un dios". A su vez, también: "de los lugares en los que los dioses han huido, lugares en que largamente se demora el aparecer de lo divino"[2]. Sin embargo, esta demora no implica perdida, sino remisión. Pues en el fondo, en estas palabras, se deduce que los dioses sencillamente se encuentran a la espera de volver a tomarnos de la mano. Entretanto, aquella angustia existencial del vacío corroería metafísicamente nuestra alma desamparada.
Pero sin embargo, la esperanza heideggeriana se desvanece. El hombre moderno ha dado su golpe definitivo hacia la destrucción de todo lo divino, cubriéndose de un portentoso armazón reticular que retiene cualquier tentativa de reprender lo que en su momento huyó -preludiando el amparo de un Dios transcendente del que ya ni siquiera podemos esperar gran cosa; pues como vociferó Nietzsche, ya hace tiempo que murió -.
El hombre moderno, pues, apostó por un particular modo de cosmovisión, que lo inducía, sin darse cuenta, a la negación de su propio ser. Ese momento fatídico coincidió, justamente, con el instante en el que el dinero compareció como pura magnitud de medición del valor de todo cuanto aparece y acontece. Y esto no debe entenderse como un eco romántico que postula una revalorización de la cosa en si misma. Simplemente se trata de una descripción fáctica. Pues el que escribe, como todo lector, se encuentra inevitablemente sujeto al estricto dominio de esta fuerza que ha extendido sus tentáculos sobre todo lo real.
Efectivamente, la pura expresión del valor yace en el dinero. Y es ahí donde confluye un acuerdo social -por llamarlo de un modo más contemporáneo-. Metafísicamente hablando, se diría que el dinero es aquella tierra común sobre la cual todos caminamos. Ciertamente, aparecerá aquél que insinuara sobre la imposibilidad de comprar ciertas cosas. Mentira. El valor emocional es un concepto puramente subjetivo. Sin embargo la objetividad -aquella externalidad aceptada por todos- impone un precio a todo. O dicho en otros términos, todo es absolutamente mercantilizable; esto es, objeto de tasación y permutabilidad.

Y con la exploración realizada ya nos vemos capacitados para retomar nuevamente el tema inicial; ¿Se puede comprar la Acrópolis? Pues el solo hecho de poder formular la pregunta lleva implícita la respuesta. Sí. Si alguien tiene verdadero interés en conocer los pormenores de la operación, en términos de rendimiento económico y demás, le remito a leer el suplemento anteriormente mencionado de El Periódico. Pero, como se ha podido observar, la línea explorativa que ha tomado este artículo pretende apoyarse en terrenos anteriores.
Que nadie se escandalice, pues, cuando oiga hablar de estos temas. Y si algún día alguien nos pone precio, no podremos objetar nada, más allá de sentir la suplantación acontecida -dioses por dinero- y lamentarse por ello. Ciertamente, como en aquél Hyperion de Hölderlin que rememora con melancolía los tiempos pretéritos, el recuerdo de lo que fue es lo único que nos queda. Quizá la esperanza, si existe, pueda subyacer en nuestra propia interioridad. Quizá cada uno de nosotros sepamos ofrecer libación a nuestras divinidades y, en ello yace el rayo de esperanza que lanzaba Heidegger. Pues "el aparecer de lo divino" puede demorarse largamente pero, sin embargo, aparecer, súbitamente, en un momento inesperado, extendiendo su propia espacialidad.


[1] De la obra Hyperion oder Der Eremit in Griechenland (Hyperion o el eremita de Grecia, 1897) de Friedrich Hölderlin
[2] Del artículo Die Kunst und der Raum (El arte y el espacio, 1969) de Martin Heidegger

jueves, 2 de junio de 2011

No hay quien se salve

La desafección de la ciudadanía respecto a cualquier poder fáctico ha llegado a la máxima expresión tras el estallido de la grave crisis económica en la que estamos inmersos. Es fácil evidenciar esto en los recientes movimientos sociales, de generación espontánea, acontecidos en diferentes lugares del Estado. El mensaje es claro: quien nos ha conducido a la crisis debe pagar por ello.
Esta reclamación es tan legítima como legal. Pues solo hace falta apelar al principio de responsabilidad civil, según el cual en cualquier “acción u omisión [que] causa[ra] daño a otro, interviniendo culpa o negligencia[, el responsable] está obligado a reparar el daño causado”. Ésta máxima aparece sublimada desde hace tiempo como norma jurídica, recogiéndose en el artículo 1902 de Código Civil español.
Sin embargo, un análisis algo pormenorizado de todo ello puede llegar a alumbrar ciertas exenciones dadas por evidentes tras la primera lectura del principio citado. De los culpables, hay de evidentes. En primer lugar, aparecen los bancos. No hay duda. La crisis del crédito implica directamente a las entidades crediticias. Una concesión responsable y medida de éstos hubiera evitado el colapso. Pero, aunque ahora parezca mentira, nadie quiso verlo. Y economistas de prestigio profesaban la fe de la cultura del dinero fácil. Los grandes bancos no supieron ver más allá de una prosperidad y un crecimiento sin fin, donde el crédito era cubierto por más crédito y así sucesivamente. Parecía mentira que hubiésemos vivido tanto tiempo sin verlo, pero El Dorado lo teníamos en nuestras manos. No hacia falta emprender grandes aventuras, ni navegar largos océanos. Pues los bienes inmuebles habían recibido la gracia de Dios en la medida que su valía en el mercado crecía, aunque sin crecer aparentemente nada –pura ficción-. Pero era evidente que crecía. Aquí yace el primer y fundamental aspecto de la crisis.
El segundo blanco de los indignados son los políticos. La desafección, además, se fundamenta en la visión de éstos como un modo de parasitismo. Unas especies sumamente viles que han aprovechado la coyuntura del “servicio al pueblo” para el “autoservicio”. La política se aprecia como un gran buffet libre. Una vez uno entra y saborea sus mieles ya no puede evitar caer en la tentación. La idea subyacente, por ello, no deja de ser la de que el ser humano es corrupto por naturaleza y que, unos pocos seleccionados –por el pueblo- tienen acceso a todo aquello que el pueblo dispone para ellos.
Sin embargo, lo que aquí se quiere poner de manifiesto no es esta faceta que si, ciertamente, contiene su parte de verdad, no debería ser generalizable hacia el conjunto de la clase política sin excepción. El problema se ha encontrado más en la infestación colectiva respecto a la fe del libre mercado. Pues si alguien ha tenido en sus manos la posibilidad de regularización han sido los gobiernos respectivos. Pero si algún rebelde mostraba la alienación respecto a la fe, inmediatamente, el común lo tildaba de apóstata y se le calificaba con aquel ignominioso adjetivo de “intervencionista”. Cuando un gobernante optaba por este extremo, era, rápidamente marginado por los mercados, que veían barreras a su libre actuación y, claro, cuando el mercado es global, pues éstos lo tienen fácil. Hay lugares donde serán recibidos con alfombra roja –esto es, con una legislación mínima para ejecutar su “laissez-faire”-. Así, el pragmatismo indicaba que lo mejor era contentarlos y tratarlos con las máximas deferencias. Parecía un sinsentido, además, que con un crecimiento del 4% de la economía española –en 2006- alguien pudiera plantearse hacer un feo a aquellas ONGs con ánimo de lucro que habían hecho de España el país de las grandes oportunidades ¡Viva el libre mercado!
Seguimos. De la patronal, lógicamente, poco más se puede añadir. Pues, remitiendo a la cuestión del banquero; son también ellos los que han apostado por un modelo de crecimiento-ficción, junto a una deontología prácticamente nula. Han sido los exprimidores de la máxima avaricia del crecimiento sin límites que, sin duda, ha devenido una causa necesaria y fundamental del colapso.
Pero ¿y sus antagónicos? ¿Y los sindicatos? Aquí muchos caerán en la primera exención de responsabilidad. A ojos de tantos, los sindicatos continúan siendo los baluartes de la defensa del proletariado –en el sentido marxista de la palabra-. No nos engañemos. Ellos, como un poder fáctico más han sabido jugar a la perfección la práctica del doble rasero. Han fomentado el "aborregamiento" de la clase trabajadora –si es que en el siglo XXI se puede hablar en tales términos- exaltando la camaradería y neutralizando todo espíritu crítico individual más allá de la línea de pensamiento dictada por una directiva, tan privilegiada como la del empresariado. Han profesado un proselitismo barato, encubriendo todos estos privilegios, en tantos casos tan inmorales como lo que se ha comentado anteriormente de la clase política. Esto es, el servidor a la práctica del autoservicio.
Parece que ya no queda nadie, ¿o sí? ¡Quedamos nosotros! Y nosotros, ¿quiénes somos? Pues el “nosotros” refiere a todo aquél que no puede inscribirse a ninguno de los actores sociales anteriormente descritos, es decir, el ciudadano llano. Éste si que es el autentico damnificado. Y lo afirmo sin ironía alguna. Pues parece evidente que quien pierde puestos de trabajo, poder adquisitivo o es objeto de embargos y desahucios es difícilmente acotable a un grupo de interés como los citados. Pero, sin embargo, ¿estamos nosotros exentos de toda responsabilidad? No lo creo.
Sobre nuestras bases se ha apoyado el aparato que ahora queremos negar. En nuestras espaldas se han asentado los pilares de la injusticia, ahora por tantos reconocida. Cada uno ha pretendido su interés y, en ello, no hemos representado más que un terreno que, como tantos otros, ha sido vendido a la especulación del libre mercado. Ahora nos quejamos. Nos indignamos. Legítimamente. Decimos que nos duele ya el cuerpo de cargar el peso de un edificio, como tantos otros, devaluado por la crisis. Pero en su momento participamos del pastel. Claro, en menor parte. Pero lo hicimos.
Ahora, rebeldes, nos agitamos como agua hirviendo y pretendemos desmontarlo todo. Reclamamos, por ejemplo la dación en pago, cuando, en su momento, asumimos parte de un contrato donde fuimos casi tan irresponsables como aquéllos que nos concedieron crédito sin aval ninguno. Creíamos que, si llegaba el caso, podíamos hipotecarnos hasta el infinito; pues el sistema lo permitía. Asumámoslo, fuimos irresponsables.
Así, la crisis es cosa de todos y, todos, debemos cargar con ella. Si el sistema fuera justo –que no lo es-, repartiría esta carga en partes proporcionales a la cuota de responsabilidad del perjuicio común generado. Y ahí remito nuevamente a lo dicho al comenzar; al principio de responsabilidad civil. Que todos los poderes fácticos deberían pagar no es un consuelo que nos redima de nuestros pecados. Sólo es un aviso, para el presente y para el futuro. Una apelación a la culpa proporcional y a la responsabilidad común. Debemos tenerlo en cuenta.

lunes, 24 de enero de 2011

Tres cartas

En la última semana tres medios han recogido cartas mías en sus versiones escritas y on-line. Quiero decir, en primer lugar, que agradezco  a El País, a El Periódico y a La Vanguardia, que hayan tenido en consideración mis opiniones y, asimismo, que las hayan dado a conocer a un público mucho más amplio que el que pueda acceder a ellas por vía del presente blog.
La naturaleza de los temas tratados en cada una de estas cartas son muy variados, tanto en el fundamento como en el ámbito al que se refieren. No son más que tres visiones sobre  asuntos de actualidad diversos que no tienen ningún tipo de ligamen entre ellos. Aún así, en este artículo haré un pequeño recopilatorio, dando a conocer sus versiones originales –ya que los diarios se reservan el derecho a extractarlas para poder acotar su extensión al espacio que reservan cada uno de ellos-.
Así las cartas son las siguientes:

EL PAÍS 18-01-11
La renovación tardía del Tribunal Constitucional vuelve a poner sobre la mesa los temas de la politización de la justicia y el grado de independencia del poder judicial respecto a los otros poderes del Estado. No es trivial poner el acento en esta cuestión que nos ilustró Montesquieu y que es el pilar fundamental del Estado Liberal Moderno.
Ciertamente, hay que decir que el problema no es que la justicia este politizada, ya que ella misma es política. El problema es que la justicia es partidista. Y es que el ente sobre el que se fundamenta todo el sistema político en España es el partido. Casi, constituye una idea absoluta y uniforme. El partido fue, en su momento, un modo de representar a la pluralidad social. Sin embargo, la idea ha terminado derivando en un servidismo a unas siglas a menudo irracional, muy similar al que se produce en el ámbito deportivo, donde el fin es doble: la victoria propia y la derrota del rival.
Hacer una profunda renovación del sistema urge ahora más que nunca. En esta nueva estructuración social debe primar la idea de ciudadania a la idea de militancia. No deben ser los militantes los que participan activamente en la política, sinó los ciudadanos. Solo con una reforma estructural se puede lograr romper la verticalidad del sistema. Porque, efectivamente, en España la política, aunque dual –o PP o PSOE- es vertical. Los tres poderes del Estado se unifican en dos pilares: los dos grandes partidos políticos. Así, decir que un juez es conservador o progresista, no deja de ser un eufemismo que los medios utilizan para decir que ha estado asignado –y por lo tanto en algún modo vinculado- a uno u otro partido.
No es tarea fácil. Pero el ciudadano debe asumir que ha llegado el momento de tomar la palabra. Exigir nuestros derechos y ejercer nuestros deberes. Y la ciudadanía es un derecho y también un deber. No lo olvidemos.

EL PERIÓDICO 20-01-11
El mundo entero centra estos días su atención en la profunda rebelión social acontecida en Túnez y en la huída forzada del sátrapa Ben Alí del país. La esperanza de que dicha rebelión pase a ser una plena revolución genera optimismo y, a su vez, un efecto reverberante en muchos de los países árabes vecinos, donde el pueblo ve que, unido, se puede hacer frente al tirano. Sin embargo, y pese a que la historia de los progresos sociales de Occidente se ha fundamentado, en gran medida, a partir de potentes revoluciones violentas –cuyo paradigma es, sin duda, la Revolución Francesa- me genera una gran decepción pensar que esto comparece prácticamente como el único modo posible de lograr cambio alguno. No puede ser un ejemplo que para hacer frente a la autoridad totalitaria y conseguir los negados derechos civiles alguien deba inmolarse quemándose a lo bonzo. Sería una gran noticia que Túnez lograra la tan ansiada democrácia. Pero hay que ser cauto a la hora de tomar el medio como precedente. Esperemos que nadie más deba sacrificarse por de la libertad del pueblo.

LA VANGUARDIA 23-01-11
En las últimas décadas, con la consagración de la democracia, se han producido grandes progresos en materia laboral. Muchos años de lucha obrera han obtenido réditos nada desdeñables. Pero la crisis ha obligado a racionar gastos. La economía ha sufrido una profunda recesión y las expectativas de crecimiento a corto plazo son limitadas. Esta evidencia, sin embargo, no puede ser nunca un pretexto para proponer una involución en los progresos sociales que tanto esfuerzo han supuesto.
En este sentido, el anuncio de Nissan en que condiciona su presencia en Catalunya a más horas trabajadas y peor remuneradas no puede considerarse jamás una buena noticia. Cierto, garantiza a miles de trabajadores el empleo. Cierto, asimismo, que no es ahora el momento para ponerle trabas. Pero, finalmente, termina imperando la ley del silencio. No por otra cosa que porque el trabajador no puede hablar, ya que siente el yugo del despido en el cuello.
Hay que felicitar a Fransesc-Marc Álvaro por alzar su voz desde la tribuna que le reserva este diario y dedicar un espacio a este tema. Ciertamente, es, como él mismo dice, un “caixa o faixa”. No queda otro remedio. Pero si esto termina asentando precedente puede suponer una vuelta atrás respecto a muchos de los avances logrados a lo largo de estos últimos años. Seamos cautos: el silencio a menudo es pernicioso.

jueves, 13 de enero de 2011

Propósitos, limosnas y simulacros

Empieza un nuevo año, otro más en nuestra cuenta. Desde antaño, desde que el hombre es hombre –como reza la dicha- nuestro pensamiento ha sido cíclico. Enterrar lo caduco y abrazar la llegada del renovado aire que trae consigo la nueva fecha. Asimismo, en los nuevos tiempos, es tradición que toda persona bondadosa se haga sus buenos propósitos. No podía ser menos nuestro padre común –y no hablo de Dios sino del Estado- que procura también por el bien de su prolija y variada cosecha –los ciudadanos-.
De este modo, el nuevo año abre sus puertas a una serie de medidas legislativas que afectan, en mayor o menor grado, a nuestro quehacer cotidiano. No es propósito de este artículo enumerar todo aquello que va a cambiar, ni tampoco redundar en los asuntos ya debatidos hasta la saciedad. Sin embargo, un aspecto, solo citado lateralmente, y relacionado con una de las grandes noticias del año ha llamado mi atención. Se trata del desglose de la factura de la luz que –por si alguien no lo sabe todavía- ha incrementado su precio notablemente y de forma muy superior a cómo lo han hecho la media de los productos de consumo.
En lo ya dicho y en lo venidero, evitaré dar cifras y me limitare al uso de determinantes cuantitativos. Los números en estos casos tienen un carácter profundamente ambiguo y muy rara vez pueden expresar cualidades. Así pues, prosigo este escrito siguiendo este propósito.
Pues bien, resulta que, entre tantas cosas ajenas a la estricta producción eléctrica, se paga una tasa dedicada al desarrollo de energías renovables y, también, al coste de la producción de la minería de carbón. Las cargas impositivas tienen su razón de ser. Asimismo, promover el desarrollo de fuentes de energía limpias e investigar en esa dirección parece, sin duda, una gran inversión, ante la evidencia del agotamiento de los recursos fósiles. Pero en un profundo sinsentido, el gobierno avanza con una pierna y retrocede con otra. Y esta acrobática acción solo puede terminar de una forma: con un patinazo.
El Presidente del Gobierno apelaba a finales del mes pasado a la empatía nostálgica de la idea del minero. Así, hay que protegerlo, el Estado debe destinar una partida a su conservación. No lo podemos perder, el minero es patrimonio, ya no solo de Asturias, sino de la mismísima Humanidad. Este hecho tiene sin duda su intríngulis. A nivel económico, el análisis parece evidente: la míneria del carbón es insostenible, en todos los sentidos en que se puede utilizar el termino sostenibilidad. Cuando la obsesión es salir de la crisis, la atención debe centrarse en cómo poner en movimiento la rueda de la productividad y, sin duda, la práctica de la limosna –entendida en el modo aquí referido- no puede contribuir para nada a ello. El sufrido minero es ya un reducto del pasado y el esfuerzo se debe situar en la reconversión de un sector condenado.
Pero el porqué esto no sucede así debe leerse en una perspectiva que va más allá de lo meramente económico. Efectivamente, como se dejaba ya entrever, el minero, socialmente hablando, es más una idea que una realidad. En un tiempo en que se tiende cada vez más a la arqueologización y al simulacro, la realidad, en tanto que las cosas mismas sin adulterar, ha sido desvirtuada por una idea de una falsa tematización del mundo. Así, el minero, no es otra cosa que una connotación o una sensación más. Quizá el futuro de las minas, en los tiempos que corren, se encuentre en hacer de ellas un parque de atracciones. Creo que ya existe alguna montaña rusa que simula algo parecido. Quizá seria más aconsejable hacer las paces con el mundo, con nuestro mundo. Analízese el propósito.