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martes, 11 de julio de 2023

Instituto Salk: el descubrimiento de los muros

Silencio. Que nada se mueva. Nadie debe poner voz al Espacio. A su universalidad. Porqué él lo expresa todo. Porque las palabras jamás podrán contenerlo. Principio del fin; al habla Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar es mejor callar”. El ruido es pecaminoso cuando distorsiona lo inasible. Pero, por desgracia no hay más remedio: asumiremos con pesar la penitencia. Dichosa sea la palabra desgarradora. Pero es el único medio. Habrá que hacer uso de ella. Perdón.


Así, en ambos lados, se elevan las murallas. En ellas, se contiene el horizonte. El Instituto Salk se alza. Sublime y seguro. Protegiendo entre esos pliegues de hormigón lo esencial del mundo: su Orden. Hablar de esta obra exige hacerlo con cautela. Oraciones cortas. Punto. Siguiente. Nos lo dicta la vista. Louis Kahn así lo precisó. La crítica de arquitectura menos ortodoxa. Probablemente. Pero las circunstancias lo exigen. Por deber a la pulcritud. También al rigor. Pues, el estilo narrativo define en sí mismo. Da sentido a las cosas.

Ciertamente, impone. No por coloso; por excelso. El cuerpo centrado entre los muros. La línea; entre el Cielo y la Tierra. Todo es, ciertamente, perturbador. Sublime. El agua emana. El arabesco canal es el eje de simetría. Incluso ello tiene algo de inquietante. La plaza que se abre se precipita al abismo. Entonces caminamos. Siguiendo el hilo de agua. Sin más pretensión. Repentinamente descubrimos: cada pliegue era un contenedor. En cada oscilación se incrustaba lo habitable.

La curiosidad, sin embargo, nos remueve. Oscilamos tambaleantes ante los pórticos sobrevenidos de aquellos muros que parecían infranqueables. La palabra se libera y la contención se dilata. La belleza domina ahora a lo sublime. Descubrimos que tras la parquedad inicial, Kahn nos guardaba una sorpresa inesperada ¡No eran muros! Pues en ellos, había vida. Vida que salva vidas; esto es, un centro de investigación oncológico. Habitado por biólogos, médicos o científicos de tipo diverso. Todo ese mundo se abría y se desplegaba contenido en esos aparentes cubículos de madera. Ello, sin perder un ápice de su carácter magnifico y brillante.


Entre lo infranqueable y lo permeable. Lo sublime y lo bello. La tosquedad muraria nos hacía contener el aliento. Ahora respiramos con los pulmones dilatados. Del reverso al anverso hay todo un mundo. Allí, todo contenido por una expresión sutil y magnífica. Nos imponía lo que ahora nos invita. Sin perder el orden ni el rigor, todo ello se nos abría ante nuestros ojos. Al fin, la arquitectura es también tiempo. Así, éste transcurre en un lapso de revelación mística. Ella se revela parcialmente dándonos a entender su dualidad. Pero siempre en lo parcial. Porque entre el principio y el fin; entre el alfa y el omega: algo sigue cerrado en su mística ¡Amén!

miércoles, 5 de julio de 2023

Espacio arquitectónico y Humanidad

Todo acontece. En lo bueno y en lo malo, en el gusto o el disgusto. Más a la derecha o bien más escorado a la izquierda. Pero si algo es indudable en todo fenómeno es que acontece. Así ha sido y será, y sin embargo algo tan obvio siempre acaba pasando desapercibido. Las cosas, como acontecidas, deben poseer, ante todo, dos elementos sin las cuales no podrían ser; esto es, el tiempo y el espacio. Kant hizo hincapié en ello en su Crítica de la razón pura, donde estos conceptos pasarían a ser los a priori de todo fenómeno (Kant, 2005:  pp. 44-47). Dicho de otro modo, no podría haber fenómeno sin tiempo o espacio preconcebidos, de antemano. Así, a modo de introducción, el estudio versará sobre el espacio pues, como se verá, es el elemento sobre el que la arquitectura moldea y da forma. La arquitectura y el espacio, pues, serán dos piezas muy vinculadas; una lo necesita, la otra le otorga entidad.

No obstante, antes de continuar, debe hacerse una pausa en el camino para determinar algo previo a todo ello. La arquitectura es el arte del espacio ¿Qué es, entonces, el espacio? La respuesta no puede limitarse a la mera magnitud que deriva de la aplicación euclidiana y cartesiana. Si se piensa un espacio cuyas directrices sean las dimensiones de altura, anchura y profundidad se errará. Si se añade el factor tiempo, puede completarse, pero no puede ser, tampoco conclusivo. El espacio sin atributos no puede ser artísticamente abordado y, con ello, se aleja indefectiblemente de la arquitectura. Así, ¿qué puede ser el espacio desde esta perspectiva?

Moholy-Nagy definía, ante todo, al espacio como algo dinámico y fluyente cuyos elementos constitutivos –a nivel arquitectónico- “llevan la periferia al centro y desplazan al centro hacia afuera” (Montaner, 1999: p. 34). Como aquel que abre las ventanas para airear, el espacio transmuta como ese flujo aéreo en su proceso de renovación. Por lo tanto, aquí, se habla de algo que parece ir algo más allá del estatismo de las tres dimensiones. Sin embargo, ¿qué es el centro? Sigue siendo impersonal. Esta idea de espacialidad, por lo tanto, se asemeja a la que lleva a Bruno Zevi a negar la existencia del mismo espacio en la arquitectura griega, al tildar al templo de simple escultura carente de más y, por ello, de ejemplo de no-arquitectura (Zevi, 1998: pp. 54-57). Todavía falta buscar otra vuelta de tuerca. No podemos concebir un arte del espacio en que, o bien este mismo se niegue o que no se vincule con lo humano –pues entonces deja de ser arte-.

Sin embargo, no puede estar demasiado lejos del punto de exploración. Quizá valga una reorientación para ilustrar que, en efecto, los templos tienen espacio. Asumirlo implicaría un ejercicio de hermenéutica que integraría las diferentes piezas de un santuario. Sin ir más lejos, en la Acrópolis de Atenas no se puede concebir el Partenón sin los Propileos, ni la estatua central de Atenea que, a su vez, se remite al Erecteion. Se pasa del objeto aislado al conjunto ordenado para poder generar un espacio litúrgico exterior. El edificio genera dicho espacio de dentro hacia afuera. La celebración de las Panateneas, se desarrollaban, así, como un recorrido en torno a todo ese espacio dado, otorgándole a él una semántica muy alejada del espacio cartesiano en que se movería en la contemporaneidad. De repente, surge una nueva idea de espacialidad donde el ser humano jugaría un papel de creador e interprete. Esta vez sí, lo humano, lo espacial y lo arquitectónico se dan de la mano.

Así, casi sin dar cuenta de ello, se ha quebrado esa idea apriorística kantiana del espacio, para sacar a la luz algo nuevo: el “lugar” (thopos). Este concepto remite inevitablemente a esa deidad a la que se remite el origen de lo circunscrito; aquello cuyas características coinciden dentro de la apertura: el genius loci. Ese “guardián” del lugar; de aquello que siempre subyace en ello, allí, el genius loci está presente. Ese daimón clandestino, se percibe allí donde debe estar. (Norberg-Schulz, 1980: pp. 69-71). Sin embargo, no cabe olvidar que el cuidado yace en manos de la Humanidad. El genius loci solo puede ser destruido por aquella civilización que lo encumbró, justo cuando se olvida de su presencia.

Pasados más de dos milenios, el espacio, sin embargo, ya opera en términos científicos. A la vez, la ciencia y, en particular, la técnica, toma el espacio. El propósito de ello no puede ser más claro: la producción masiva derivada del advenimiento de la Revolución Industrial, en pleno siglo XIX. La antigua ciudad se degrada y crece hasta límites insoslayables que la hacen inaprensible en su globalidad. Ello sucede porque se ha expandido hasta límites que operan en términos regionales, pero el lugar necesita manifestarse en su debida escala para la cognición humana. Es en esa fase cuando surge el distrito o barrio, entendido como el ámbito espacial susceptible de localizar. En ello, hay que operar de modo similar; pero se necesitaran nuevos términos.

En este punto, el análisis que plantea Aldo Rossi puede resultar muy útil para poder ubicarse en la nueva morfología urbana. Así, se debe partir de que las ciudades se constituyen en distritos –o como se denomine en su caso-.En primer lugar, se constituye un elemento primario en torno al cual pivotará el tejido urbano basado, a su vez, en la llamada tipología edificatoria; es decir, el patrón base que la edificación adoptará en dicha zona (Rossi, 1998: pp. 98-105).

De este modo, se puede imaginar el barrio del Born de Barcelona. El elemento primario entorno al cual se estructura éste sería, fundamentalmente, la Basílica de Santa María del Mar. En ella se apoyaría, de un modo auxiliar el conjunto de palacios de estilo gótico civil que conforman la calle Montcada. Estos elementos, permanecen inalterables, como sostén sempiternos del Born in saecula saeculorum. La edificación, por otro lado, responde a vías estrechas de relativa ortogonalidad, así como un modelo edificatorio de planta baja y tres alturas, siendo cada piso más bajo que el inferior a la vez que las aberturas también tienden a aumentar a medida que descienden.

En el estado actual de cosas, pues, se ha logrado obtener el modelo interpretativo de la nueva urbanidad y se ha ejemplificado con un caso particular ¿Pero todo ello, dónde nos lleva? Pues a determinar cómo se vincula con lo humano. Ese vínculo debe partir de un nuevo giro de guion. A todo lo dicho y, dentro del ámbito de lo que nos es propio o, como decía Martin Heidegger, en ese ser-en-el-mundo; ahora está la Humanidad. Nadie más que ella goza de este tipo particular de territorialidad en la cual se constituye un hito. Él se eleva como nuestra referencia inmutable; esto es, como aquello que nos dice nuestro “a dónde”. Ello es el axis mundi, que se alza como un faro que ilumina a todo su alrededor. Actuando como un compás que se abre y que define el perímetro de nuestro lugar. Así, se desarrolla el llamado imagino mundi (Norberg-Schulz, 1980: pp. 19-25).

Pero, siempre, volvemos al omphalos. Los griegos situaban un pequeño elemento lítico para referir y dotar de cierta centralidad al hogar en tanto que era aquello que vinculaba más que nada al ámbito de lo privado, en analogía con el ombligo y en la relación maternofilial. Ese espacio, más que ningún otro, es el que nos pertenece verdaderamente. El vientre maternal es, a la vez, la conexión con el todo. Su líquido amniótico lo ordenamos con nuestras propias manos. La morada acoge a cada cual y tal y como es. Por ello, le debemos su protección de un modo muy especial.

La conclusión de este ensayo, remite al principio. Así, se dirá que, al fin, en todo yace el acontecer. Toda intervención en la ciudad debe hacerse en base a lo dicho. Los acontecimientos siguen una linealidad y, un despunte excesivo puede romper el equilibrio. Asimismo, hay que saber en qué elemento se interviene y preservar el substrato de su memoria. Dicho esto, la lectura de éste texto, pronto habrá acontecido. Sin embargo, se reincorporan otros acontecimientos: unos esperados otros totalmente ignotos. Pero todo sigue. Con esa semántica; con la propia y exclusiva de cada cual. Inigualable e inescrutable en su totalidad. Atenta y cuidadosa. Todo acontece, cierto. Y así, los acontecimientos seguirán su curso mientras la licencia de nuestro mismo acontecer permanezca con nosotros. Mientras ello dure, en todo acontecimiento que nos toque, por tangencial que sea, deberemos tomar partido.

 

BIBLIOGRAFÍA

Kant, I. (2005). Crítica de la razón pura. Barcelona: Taurus.

Montaner, J. M. (1999). Arquitectura y crítica. Barcelona: Gustavo Gili.

Norberg-Schulz, C. (1979). Existencia, espacio y arquitectura. Barcelona: Blume.

Rossi, A. (1998). La arquitectura de la ciudad. Barcelona: Gustavo Gili.

Zevi, B. (1998). Saber ver la arquitectura. Barcelona: Apóstrofe.

martes, 7 de febrero de 2023

La 'Barcelona regional' i els seus reptes (Passat, present i futur de la ciutat)

INTRODUCCIÓ

És fàcil d’intuir que la gènesis d’una ciutat com Barcelona, originada com a tal mil·lennis enrere i ubicada al raser d’un pla banyat pel maremàgnum cultural del Mediterrani, no se simplifica en un mer assaig. No obstant, és necessari que, per l’anàlisi que aquí es vol dur a terme s’ofereixin unes pinzellades, de brotxa grossa, entorn a ella.

Així, en primer lloc, surt a la llum que el primer assentament romà, format fa poc més de dos mil anys enrere, es el punt en que s’inicia la història urbana i, per tant, de la ciutat; doncs si bé aquesta ja estava ocupada pel poblat iber dels laietans, assentats a la muntanya de Montjuïc, no es pot establir en aquest una linealitat entre el desenvolupament posterior de la ciutat i l’esmentat poblat en termes morfològics.

Dit això, la coneguda com a Barcino, no era més que un petit nucli urbà que tenia com a punt central el forum (ubicat en una zona aproximada a l’actual plaça de Sant Jaume i el Palau de la Generalitat) i que, des d’ell fins als extrems marginals, tot era circumscrivible en un radi inferior a 250 metres a mesurar des d’una petita elevació (el Mons Taber) que es constituïa com a centre estricte de l’antiga ciutat romana.

Amb les successives arribades de pobles diversos com els germànics, àrabs i jueus, la forma de la ciutat va anar condicionada al creixement progressiu de la zona emmurallada i dels ravals perifèrics que anaven integrant-se en les successives aplicacions muraries. Així va ser fins l’any 1852 quan aquestes es varen enderrocar i la ciutat emprenia la seva expansió, prenent com a patró el celebèrrim Pla Cerdà.

A partir d’aquell moment, començaven a intervenir operadors fins aleshores inexistents i que connectarien, ja, amb el present i futur dels mecanismes de transformació urbana de Barcelona; que seran, precisament l'objecte d’anàlisi i estudi del present assaig.

 

1. L’EXPANSIÓ URBANA DEL PLA DE BARCELONA

En aquesta primera fase –és a dir, tot just després de l’aprovació del Pla Cerdà però prèvia encara a la seva execució- la geografia del pla de Barcelona o, dit d’altra forma, del que avui coincideix amb els llindars estrictament administratius i polítics d’aquesta-, estava constituït per el congestionat nucli de l’antiga ciutat i per un conjunt de petits municipis perifèrics que es distribuïen més o menys propers a ella. Sense ànim d’exhaustivitat, es fa referència a les poblacions de Sants, la Vil·la de Gràcia, Sant Andreu del Palomar o Sant Martí de Provençals.

Amb la progressiva urbanització i edificació de la malla definida per Cerdà, però, la vella ciutat de Barcelona va quedar com un reducte de carrers foscos i amb clares mancances higièniques, per donar lloc a un model progressista de ciutat, insuflada de llum i oxigen que van anar integrant, al mateix temps els municipis perifèrics. D’aquesta forma, l’arribada de la gran urbs a aquestes poblacions circumdants va derivar en la seva integració fàctica i, posteriorment, política a la ciutat de Barcelona –aspecte que va tenir lloc entre finals del segle XIX i principis del XX-.

La ciutat creixia i s’ampliava, doncs, en molt poc temps, de manera exponencial. Així, per una banda la Barcelona rural s’urbanitzava a marxes forçades. Per l’altra, integrava en el seu sinus el conjunt de poblacions, antigament perifèriques, en l’expansiva ciutat de Barcelona en qualitat, ja no de municipis, sinó de barris de la mateixa. La urbs es consolidava en termes d’habitació y territori, donant lloc a una incipient metròpolis que s’estenia, ja, de mar a muntanya i de riu a riu. Barcelona, era, per tant, un territori encabit entre un quadrangle delimitat pels seus límits físics, a priori, infranquejables: el mar Mediterrani, el riu Llobregat, la serra de Collserola i el riu Besòs.

 

2. LA GÈNESI DE LA BARCELONA METROPOLITANA

Quan el fenomen urbà que comporta la consolidació plena de la ‘nova’ Barcelona, ja ben entrats a mitjans del segle XX, implica, de forma necessària, una reconsideració geogràfica de la mateixa. En aquest punt, doncs, el que es troba és quelcom equivalent a allò que s’ha dit en referència a la primera integració de les poblacions perifèriques de la fase inicial per extrapolar-lo a una escala superior.

En aquest sentit, allò que podia esdevenir amb els municipis ‘envaïts’ pel Pla Cerdà aniria succeint, en una línia progressiva, amb els municipis que encara es mantenien al marge de la ciutat, de forma que certes pedanies, fins aleshores autònomes amb respecte a la urbs major, acabarien progressivament generant un contínuum urbà per efecte de la sinèrgia expansiva de la darrera.

D’aquesta forma, la força motriu que generen el conjunt d’activitats heterogènies, derivades de l’esmentada expansió i compactació, produeix una repercussió suficient per, en primer lloc, forçar una dependència de les rodalies urbanes sobre la ciutat matriu. En segon terme -i en connexió causal amb el primer- les esmentades activitats -cada cop més especialitzades i concretes-, que no pot absorbir Barcelona, genera un desplaçament cap a aquelles zones perifèriques. Aquest fenomen implicarà, al seu temps, l’expansió de l’antiga zona periurbana.

Així, si bé en termes politicoadministratius es manté una independència, entre Barcelona i la seva perifèria immediata, factualment es pot dir que, des de finals del segle XX i principis del XXI, desapareix la discontinuïtat entre els diferents municipis metropolitans –ja sigui en sentit Besós o Llobregat-. D’aquesta forma, la geografia acaba determinant que Barcelona ja no pot ser un quadrangle limitat per entorns físics que encotillen el seu creixement; doncs aquest es produeix, precisament, en el propi context metropolità. Neix, doncs l’anomenada conurbació i es reforça la noció de metròpolis.

 

4. CENTRE I PERIFÈRIA DE LA ‘BARCELONA REAL’

En el punt actual, es pot afirmar que la ‘Barcelona real’ no coincideix amb el seu equivalent politicoadministratiu, sinó que s’ha de subsumir a la seva objectivació geogràfica. Així, tot i que el centre continua pivotant sobre la base de l’antiga ciutat, aquest ha estat subjecte a una nova definició funcional. En aquest sentit, tot i que s’ha anat conformant, d’una forma cada cop més clara la idea del contínuum urbà, s’ha generat un fenomen, aparentment contradictori que no és altra que la segregació funcional interna.

Així, el centre de Barcelona –entenent com a tal Ciutat Vella i tota l’extensió de la malla de Cerdà- ha anat conformant-se com un espai cada cop més vinculat al sector terciari, de forma que la funció d’habitació s’ha desplaçat cap a la perifèria (Ramírez Carrasco, 2003). No obstant, es pot apreciar, encara, una important presència d’habitatges que, derivat de l’efecte de la creixent centralitat, ha anat consolidant un procés d’aburgesament que pot ser, perfectament, encabit sota el paraigües conceptual de la gentrificació.

En aquest context, ressonen amb força les paraules sota les quals Oriol Bohigas (1986) va fer entendre la nova política urbana que, ulteriorment, havia de guiar el projecte olímpic de la ciutat; és a dir, “higienitzar el centre i monumentalitzar la perifèria”. El fet, però, és que, en poc temps, la noció de centre va tendir a ampliar-se, ocupant part d’aquella antiga perifèria. En conseqüència, això ha acabat implicant, també, el desplaçament de la perifèria a l’antic extraradi. Sense perdre vigència, doncs, l’eslògan de Bohigas, cal dir que la relació espacial entre centre i perifèria s’ha dotat d’una nova semàntica en les darreres dècades.

Quan tot allò esmentat es posa en connexió amb la realitat urbana, el que es representa és una ciutat que, per una banda, compta amb un centre altament compacte i amb predomini econòmic del sector serveis i, per l’altra, d’una nova perifèria a la qual cal afegir les altres dues fases ja esmentades. En efecte, es torna a requerir d’una nova necessitat d’escalar per interpretar el que aquí s’ha batejat com la ‘Barcelona real’.

Per il·lustrar aquesta ampliació del camp territorial de referència es pot fer un símil prou eloqüent: Montjuïc era a la primera fase d’expansió de la ciutat el que Collserola podria ser en el context de la ‘Barcelona real’ actual. Dit d’altra forma, la perifèria ni són les zones marginals del quadrangle físic de la Barcelona politicoadministrativa, ni són els municipis que limiten amb el tram final dels rius Llobregat i Besós. Ara, aquesta perifèria s’estén per la zona del Vallès i altres zones periurbanes ubicades, ja, a una distància significativa de la urbs matriu.

 

5. CAP A UNA NOVA MEGALÒPOLIS REGIONAL?

Examinat el model que, fins ara, s’ha anat desgranant, és fàcilment deduïble el seu caràcter progressiu. En aquest sentit, es pot afirmar que el desenvolupament centrífug va absorbint, en diverses fases, la perifèria per ampliar la centralitat. Tanmateix, els límits físics que semblaven infranquejables han estat neutralitzats per mecanismes que, un segle enrere, eren impensables o que es podien concebre com a meres utopies.

En aquest sentit, interessarà il·lustrar aquest fenomen mitjançant l’anàlisi entorn a com han estat integrades ciutats com Terrassa dintre del que és la perifèria barcelonina. En efecte, aquestes antigues urbs –en especial la rellevant Egara (actual Terrassa) romana-, amb un grau d’autonomia i autosuficiència molt elevat, han acabat vinculades en una relació d’interdependència amb respecte a Barcelona.

Així, la clau de volta ha estat, senzillament, aconseguir la permeabilitat de la serra de Collserola. La construcció, doncs, del túnel pel qual aquesta es travessa és el factor gràcies al qual s’ha aconseguit que la connexió entre ambdues ciutats esdevingui fluida i ràpida. La ‘caiguda’ de Collserola; doncs ha permès la ‘conquesta’ del Vallès. Al mateix temps, aquesta connexió que reforça el desenvolupament de Terrassa implica, alhora, que ho facin, també, els municipis de Sant Cugat o Rubí, en tant que s’ubiquen en la línia de connexió entre aquests dos focus. Així, un fet que a priori es pot considerar contradictori esdevé intel·ligible; és a dir, que la relació d’interdependència generada amb l’esmentada connexió implica, precisament, que quan disminueix l’autonomia es consolida el creixement.

En aquesta mesura, doncs, és inevitable pensar on està el límit d’aquest creixement; de l’embrió d’un petit assentament romà a una megalòpolis que, cada cop, entén menys de distàncies físiques i de límits naturals respecte al seu creixement. La geografia urbana, doncs, permet una lectura del fenomen que va més enllà del mer fet físic per explicar les noves relacions d’interdependència.

Així, quan es consoliden aspectes tan heterogenis com la integració del circuit automobilístic de Montmeló o del sincrotró –accelerador de partícules subatòmiques- Alba sota el sinus de Barcelona, és que ja es troben subjacents uns modes de vinculació cada cop més complexos. De la mateixa forma, cal començar a pensar que, probablement, el creixement de l’aeroport no es trobi al Prat de Llobregat, sinó a Vilobí d’Onyar i a Reus; transformant els actuals aeròdroms d’us intensiu en aeroports perifèrics de Barcelona.

Arribats a aquest punt, el que integra conceptualment tot aquest amalgama heterogeni d’activitats, no és altra cosa que la materialització incipient d’una megalòpolis en la qual conflueixen diferents especialitats i especificitats; a on l’espai, cada cop és més permeable. Es pot parlar, plenament, del pas de la ‘Barcelona metropolitana’ a la ‘Barcelona regional’ –una simplificació derivat del terme ‘urbanització regional expandida’ (Brenner, 2013)-. Així, l’embrió ja és actiu, només falta la seva concreció i definició.

 

6. ELS NOUS REPTES DE LA REGIÓ

El primer que s’aprecia –i de fet, ja s’entreveu en el desenvolupament previ- és que Barcelona, entesa com a regió, no es limita a l’espai acotat entre els accidents geogràfics que tantes vegades s’han esmentat al llarg del temps. La Barcelona regional, doncs és un organisme viu, amb diferents graus de compacitat i fluxos intensius que articulen les diferents peces.

Més encara i en certa connexió amb algunes teories de desenvolupament associades a les transformacions de l’activitat econòmica, es pot dir que allò que ofereixen els límits de Barcelona han estat el motiu, precisament, de la seva transgressió. El pla que es constitueix des de la serra de Collserola fins al mar, amb les seves conseqüents zones pantanoses, i l’explotació hídrica dels rius entre els quals s’ubica expliquen l’optimitat d’aquesta zona per al desenvolupament d’un nucli poblacional autosuficient, que va implicar la combinació de l’àmbit residencial amb l’agrari. Aquí es troba l’embrió del creixement urbà posterior, on l’agrari aniria retrocedint per donar lloc a activitats diferents i diverses.

Per altra banda, cal observar la desmitificació progressiva del centre. En aquest cas, la centralitat de la Barcino romana, focalitzada al Mons Taber, implicava una certa sacralitat. Allà se situava, a més, el Temple d’August. Així, es constituïa com una mena d’omphalos (‘melic’, expressat en grec) a partir del qual es projectava com l’element sobre el qual irradiava allò místic o diví al conjunt de la ciutat. Dit això, cal matitzar que, si bé aquest element, en si mateix, no tenia un sentit stricto sensu, es projectava com un símbol col·lectiu d’una comunitat (Eliade, 2006).

No obstant, allò que havia estat instaurat dintre de la categoria de caire misticoreligiosa aniria, progressivament, desvinculant-se d’ella per esdevenir una fita comunitària de caràcter referencial i amb un fort pòsit psicològic –doncs és habitual generar aquestes referències en el dia a dia del desenvolupament de l’ésser humà-. En aquest sentit, Aldo Rossi (1982) reconeix aquest extrem i el reformula sota el patró del genius loqui, (quelcom així com ‘l’esperit del lloc’). En aquesta idea subjau el fet del contenidor de la memòria col·lectiva, del seu pas intergeneracional i de la permanència d’alguna cosa que vincula el desenvolupament d’un espai territorial al llarg del temps. Tot plegat conflueix en el concepte del ‘lloc’.

Es pot afirmar, en aquesta fase de l’estudi, que les centralitats antigues romanen ara com a operadors en els termes que Rossi planteja, alhora que les noves centralitats construeixen les seves pròpies fites -contenidores, tanmateix, d’estructures anàlogues a les esmentades als paràgrafs precedents-. Tanmateix, el lloc (‘thopos’, com originàriament s’entenia en grec), ja només és un referent i no un punt focal o de centralitat –sovint no és necessària la seva visualitat, doncs amb la cognició de la seva presència física en la consciència ja es genera una estabilitat i un ordre psicològic en la configuració mental i subjectiva de l’espai-.

Darrerament, cal reflexionar entorn al concepte de lloc, posant-lo en relació amb el fenomen de la megalòpolis regional. Per iniciar aquest punt s’ha triat el text de Martin Heidegger ‘Construir, habitar, pensar’, que –amb l’estil característic de la seva ‘metafísica poètica’- il·lustra prou bé la idea de lloc, en contraposició amb el concepte d’espai isòtop. Així, el filòsof germànic determina que el ‘construir’ s’ha d’entendre com un equivalent metafísic a l‘habitar’, fet que remet, en últim terme al ‘lloc; és a dir, a una relació de permanència amb ell. Dit, d’altra forma, en l’essència d’allò humà rau una idea d’estabilitat amb un entorn a l’abast de la mesura perceptible de forma immanent; entenent això com el fet de “romandre en un lloc segur” (Heidegger, 2015).

Dit això, el seu extrem oposat es pot trobar en Marc Augé (2017). Segons aquest darrer, es posa sobre la taula un model de societat de sobreabundància generalitzada, on el flux d’informació és tal que no pot arribar-se a la plena intel·lecció o assumpció de la mateixa. Es generen, doncs, filtres inevitables. Aquest fenomen deriva en l’anomenada ‘sobremodernitat’; un estrat que va més enllà de la ‘postmodernitat’. Així, allò dit respecte a la informació es trasllada, també, als paràmetres espacials, de mode que es generen els mers espais de trànsit. En aquests darrers, les referències decauen, fet que acaba derivant en que Augé anomena l’adveniment del ‘no-lloc’.

 

CONCLUSIONS

En primer lloc, cal matisar que, donat el desenvolupament de l’assaig, les conclusions, per imperatius materials, no poden ser totalment ‘conclusives’; doncs, en tant que allò que s’analitza és un fenomen en ple procés de desenvolupament, tancar portes implicaria no saber interpretar que s’està estudiant, precisament, un procés actiu. La conclusió, doncs, es projectarà en base a l’hermenèutica geogràfica i urbanística necessària per aconseguir aquestes fites, juntament amb la integració i l’ús correcte dels  conceptes de determinats aspectes nuclears per entendre l’esdevenir temporal més pròxim.

El conjunt de coses que s’han dit fins aquí porta a quelcom que no pot basar-se en una visió unilateral o binària, d’adscripció o rebuig. Els plantejaments s’han d’integrar per aconseguir l’efectivitat d’un fenomen nou i successiu. Ara, però, es juga amb cert avantatge; doncs en la percepció de la repetició del patró, juntament amb la profunda teorització entorn als models de creixement urbà, cal dir que, dins d’una certa indeterminació, es poden anticipar fenòmens en base als citats models ja passats.

Així, la nova Barcelona regional ha de saber equilibrar la indeterminació relativa de l’àmbit geogràfic del seu desenvolupament amb la concreció d’establir unes pautes sobre com evitar la isotropia i la desvinculació de les persones respecte a l’espai on aquesta es desenvolupa. Aquí interessará, especialment, la determinació del segon punt; doncs si bé els espais de transit no poden evitar incórrer en certa impersonalitat espacial, cal reforçar, sobretot, els punts de cognició sobre els quals la consciència individual i col·lectiva poden assentar les seves bases.

La clau de volta, doncs, és l’assumpció de la nova realitat vivencial en un context regional; desgranant un i altre dels extrems esmentats al paràgraf precedent. En primer lloc, cal assumir que, tot i les dificultats, en clau regional els espais de transit passen a tenir, ulteriorment, un caràcter vivencial. Però, sobretot, cal generar fites o referències en els diferents nivells de perifèria per tal que el ciutadà pugui assentar-se i integrar-se en base als seus propis mecanismes de cognició espacials.

Això passará, doncs, per reintegrar la idea del ‘lloc’, però resemantitzant-lo. “Centralitzar la perifèria”, per tant, serà el nou axioma d’intervenció que haurà de guiar els diferents actors que contribueixen i contribuiran en la definició del creixement urbà; fet que implica, tanmateix, que l’esmentat desenvolupament, no podrà escapar mai d’un anàlisis profund en la globalitat de la seva escala regional. En últim terme, cal plantejar com la progressiva expansió pot donar lloc a connexions interregionals; és a dir, als anomenats hinterlands (Brenner, 2013). El present actual i la integració de tot allò dit fins ara, serà, doncs, el futur  inmediat de la ciutat mateixa.

 

BIBLIOGRAFIA

Augé, M. (2017). Los  «No Lugares». Espacios del Anonimato. Barcelona, Gedisa.

Bohigas, O. (1986). Reconstrucción de Barcelona. Madrid, Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, D.L.

Brenner, N.  (2013). “Tesis sobre la urbanización planetària”, A: Nueva Sociedad, núm.243.

Eliade, M. (2006). El mito del eterno retorno. Madrid, Alianza.

Heidegger, M (2012). Construir, habitar, pensar. Barcelona, Oficina de Arte y Ediciones.

Montaner, J. M. (1997). La modernidad superada. Arquitectura, arte y pensamiento del siglo XX. Barcelona, Gustavo Gili.

Ramírez Carrasco, F. (2003). Valoración de la congruencia espacial entre la actividad residencial y terciaria en el centro urbano de Barcelona [Tesis doctoral: Universitat Politècnica de Catalunya].

Rossi, A. (1982). La arquitectura de la ciudad. Barcelona, Gustavo Gili.

martes, 13 de septiembre de 2022

Hablando del Cine. Hablando de Jean-Luc Godard

Hablar de Jean-Luc Godard es hablar del Cine. De ése mismo en su globalidad. Repudiado por muchos. Vituperado por otros. Sin embargo, creador incesante y sin parangón. Godard fue el director de cine que llegó a tensar tanto la cinta de celuloide que, incluso, llegó a romperla, generando experimentos cinematográficos realmente brillantes y, a la vez, inquietantes y subversivos (pues ¿acaso alguien, antes que él, llego a incorporar en un filme escenas grabadas por teléfonos móviles de baja resolución?)




El éxito o fracaso de cada una de sus experiencias puede ser valorado de modo muy subjetivo. Sin embargo, hay cierta objetividad en el cine de Godard. Paradigmas comunes que se van consolidando y que se constituyen en un leitmotiv a lo largo de su filmografía. Uno de estos elementos es la profundidad comunicativa revestida de frases lapidarias (que muy a menudo parafrasean a grandes filósofos o escritores). Muchas veces, se generan feedbacks inusuales o, directamente absurdos, donde quizá versa más la forma que el fondo; poniendo énfasis en la incapacidad misma del habla (véase, en este caso, Adieu au Langage (2014)). Típicos son también los inicios musicales que entran en modo de crescendo para cortarse abruptamente; tal cual el espectador es arrojado a la desnudez de la escena y de su dramatismo.

No obstante, el desarrollo del lenguaje estrictamente godardiano va integrándose poco a poco. En À bout de soufflé (1959), el primero de sus grandes metrajes y referente de la nouvelle vague, pone de manifiesto un cambio en el rodaje de los planos exteriores y en el desarrollo fílmico en general. Pero, no es, quizá, hasta Vivre sa vie (1962) cuando se produce una verdadera ruptura en el modo de filmar, llegando a anticipar lo acontecido o rodando magistralmente, por ejemplo, una conversación a espaldas de los intérpretes.

A partir de ese momento, se puede afirmar que nace el fenómeno Godard. En este sentido, no deja de ser curiosa la adopción de sus siglas: JLG; usadas como patrón-anuncio de sus distintas producciones. Un modo muy pop para alguien tan vinculado a la gauche francesa. Así, en La Chinoise (1967), en Tout va bien (1972) y en otros tantos filmes, el director vuelca sus preocupaciones hacia esa misma gauche que le genera expectativas y expectación, pero con respecto a la cual no puede dejar de ser crítico y analítico a la vez.


Ya en su fase de madurez, las películas toman como temática aspectos más cercanos a nuestro poso cultural occidental. Cuesta destacar títulos –no por falta de calidad, sino porque apostar por uno implica omitir los otros-. No obstante, se hará hincapié en Film Socialisme (2010) en el cual el constructo fílmico dinamita toda relación entre presentación, desarrollo y desenlace para proceder a un collage cinematográfico de alta envergadura. El tema de fondo no deja de supurar un continuo pesimismo hacia la civilización europea y hacia su construcción en cuanto a tal.

Godard, pues, nunca podrá escapar del Cine. Pero a su vez, el Cine tampoco podrá hacerlo con respecto a él. Su contribución a éste género artístico ha sido incuestionable Tan críptico como poético, ha trazado un recorrido pleno y prolífico que la Historia del Cine –y del Arte- irán situando, con el paso del tiempo, en su debido lugar.

viernes, 2 de septiembre de 2022

Porqué en España hubo una transición y no una revolución

Cuando, entre sollozos, el entonces presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, anunciaba la muerte del dictador Franco, en Portugal ya regía un nuevo orden democrático fruto de la popular Revolución de los Claveles. Portugal, como Francia en su momento, quebrantó su sistema político de forma integral. España, sin embargo, todavía se sometía bajo el régimen del yugo y las flechas.

La Transición Española -tan vilipendiada como vituperada hoy- no fue más que un lento proceso de transformación político. En efecto, fue un tránsito hacia otro modelo que, a diferencia de nuestros vecinos lusos, no implicó ninguna rotura del sistema legal. Es más, podemos afirmar con total certidumbre que el régimen jurídico-político en el cual participamos se originó aquél 18 de julio de 1936.

A nadie mínimamente avispado se le escapará la fecha. Fue, en efecto el día en que España se partió en dos: los sublevados frente a los republicanos. El inicio de la Guerra civil. Los golpistas contra los legitimistas. Porque, a pesar de todo, el régimen legal vigente, en aquel momento, derivaba de la Constitución de 1931. Esto es, de la Segunda República española; que se amparó, siempre, en la voluntad popular. Pues fue éste quien, tras la fuga de Alfonso XIII y la consecuente declaración de la República, decidió crear un poder constituyente cuyo mandatario sería el pueblo y cuyo mandato o no sería otro que el de redactar una nueva Constitución.

La legalidad durante el período de la Segunda República derivaba de lo antecedente. Se levantó sobre una continuidad del sistema que, a su vez, permitió refrescar al mismo mediante la garantía de derechos y deberes, más de tendencia progresista y liberal. Pero seamos claros, no se puede decir lo mismo respecto a la “modélica” Transición.

Así, desde la muerte de Franco, tras el nombramiento del rey Juan Carlos como jefe del Estado y de la –supuesta- apuesta de este último por Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, España se dio cuenta de que su único camino era la democracia. España no podía permitirse ser una dictadura insular, en torno a una Europa democrática. Así, Suárez decidió arremangarse y asentar las bases de ese régimen ambicioso pero embrionario (léase, igualmente, el dar comienzo a la celebérrima Transición).

El trabajo del presidente Suárez tuvo sus efectos: las Cortes Franquistas decretaron, mediante la octava ley fundamental del régimen –franquista, por supuesto-, su auto-disolución y el reemplazo de las mismas por las de un nuevo Congreso de los Diputados, donde los escaños serían, más o menos, proporcionales al voto de los ciudadanos españoles. Ésta ley fundamental; esta y no otra, fue la clave de bóveda de toda la democratización del Estado. En efecto, fue Suárez quien, con sus dotes persuasorias, llevó a los obscuros procuradores de las Cortes a votar a favor de su desaparición (de aquí que ha sido apodada como la “ley del haraquiri”). El Franquismo institucional procedió a su disolución.

Dicho esto, el resto es casi por todos conocido. Pero cabe recordar, lo que se ha dicho al principio: venimos de la legislación golpista. En efecto, la Transición no fue la peor, pero encubrió demasiado una legislación en exceso amnésica. Esto es, que si ahora somos democráticos es porque el alter poder; el poder sublevado, rompió, en 1936, con un régimen político legítimo y respetable en términos democráticos. Pero no olvidad: ese poder alzado fue el que negó nuestra realidad. Y, sobre todo, recordad: el sistema político vigente asienta sus bases en el poder rebelde que, institucionalizado, se blanqueó. Dicho sea por última vez, el del yugo y las flechas.

En efecto, en la España contemporánea, hubo una transición, pero jamás una revolución.

lunes, 27 de junio de 2022

Rem Koolhaas: de la cultura de la congestión a lo paranoico-crítico

Rem Koolhaas ha sido uno de los arquitectos más prolíficos de los últimos años. Su despacho, OMA (Office of Metropolitan Arquitecture), tiene proyectos diversos alrededor del mundo. Por otro lado, Koolhaas, ha destacado casi por igual en su vertiente teórica como en la estrictamente proyectual. En el ámbito de la teoria, pues, la gran referencia es la obra Delirio de Nueva York, un fascinante 'pseudotratado' en que pretende dar a entender, de modo retroactivo, un, también ficticio movimiento que él denomina el Manhattanismo; dentro del que jugará un papel decisivo la denominada "cultura de la congestión".

Como en todo manifiesto, Koolhaas toma una visión claramente sesgada y parcial de enfocar el mundo y, concretamente Nueva York. En este caso, en su misma historia hará recaer, en gran modo, su propia justificación proyectual. En efecto, hay un ligamen importante entre lo que este arquitecto desarrolla con respecto a lo que ha significado el devenir de Manhattan. En este sentido, llama la atención la posibilidad que él plantea entorno a edificios donde cada planta es un mundo entero; integrando un universo de realidad con todas las posibilidades que de él se deriven. La congestión arquitectónica, pues, puede actuar entorno a una misma envolvente. O, dicho de otro modo: cualquier cosa puede contenerlo todo.

Así, del mismo modo en que universos distintos son portacontenedores inmensos, la arquitectura de Koolhaas tiene mucho a ver con respecto a la gran capacidad de reunir entorno a ella distintos programas. Dicho de otro modo, la cultura de la congestión la aplica en la medida que sus edificios no se ciñen a un único propósito sino que contienen en ellos multitud de funciones diversas. Incluso, cuando el proyecto parece ceñirse a algo estrictamente monofuncional, la arquitectura del neerlandés va más allá. En este caso puede ser paradigmática la Casa da Música de Oporto (abajo), donde, más que meros auditorios, decide condensar usos distintos, tales como zonas administrativas, de restauración o el uso de la azotea como observatorio sobre la ciudad.


Por otro lado, cabe mencionar sus referencias hacia el método que Dalí llamo lo "paranoico-crítico". En este sentido, lo que Koolhaas y que toma prestado con respecto al genio del surrealismo es la posibilidad de crear sin ningún objeto más allá del fluir de las formas en la consciencia para, posteriormente, sublimar en lo informe una materialización racional de aquello que se había generado en la consciencia. Este procedimiento ilustra ya no solo evoca un universo formal que se limite a formas marcadamente plásticas y limitadas a un surrealismo más "canónico", en términos de representación daliniana. Esta praxis opera como método subyacente en el que lo tomado, de forma aleatoria se le asigna significado a libre albedrio, sin atender a un razonamiento más que a la inmediatez y al dictamen de la sensibilidad más pura.

En este sentido, puede ser muy ilustrativo el ejemplo de el Museo Kunsthal, de Rotterdam. Así, en base a unos pliegues que actuan "a priori" se irán integrando un conjunto de elementos estructurales de naturaleza distinta. Estos elementos, sin embargo, son confusos y difícil de calcular como estructura en sí. Se busca, con ello, un efecto de "ready-made object", más propio de un catálogo de exposición de muestras que de una estructura real. Koolhaas, de este modo, deja entrever su experimento visual, a la vez que lo hace plausible y realizable.

En la integración de las distintas facetas termina generándose, pues, un personaje fascinante, caudal en la historia contemporánea de la arquitectura. Pensador y creador en ambos costados. Convicto y polémico capitalista que, a modo de estructura de mercado, llega a asociar los países de la Unión Europea bajo un código de barras en el que se contienen todas las banderas de los Estado miembro. Pero, sobre todo, para aproximarse a él cabe saber leer sus obras desde su divagación formal. Sin limitaciones. Dejándose llevar por lo más perceptivo y visual. Dejando fluir lo critico e inmiscuirse en la pura paranoia.

martes, 14 de junio de 2022

'L'Eixample' y el Plan Cerdà: Origen y evolución

INICIO: EL DERRIBO DE LAS MURALLAS

En el año 1854 la ciudad de Barcelona llevó a cabo una de las mayores revoluciones de su historia. Las murallas que habían constreñido el núcleo urbano serían derribadas. Vistos todos los cambios urbanísticos que se han producido en las últimas décadas, éste acontecimiento puede parecer uno de tantos. Sin embargo, lo que aquí se pone de manifiesto es probablemente el cambio de morfología urbana de mayor calado en toda la historia de la ciudad.

En este sentido, a mediados del siglo XIX los barceloneses vivían hacinados en un espacio extremadamente reducido para una población encerrada por los antiguos muros. Las calles angostas, junto con la alta densidad edificatoria habían conllevado que el núcleo urbano fuera un lugar insalubre y con escasas condiciones higiénicas para vivir dignamente. Las enfermedades infecciosas campaban, de este modo, a sus anchas, generando, frecuentemente, epidemias variadas. Del mismo modo, el sol brillaba por su ausencia. Barcelona era, pues, una ciudad que necesitaba imperiosamente poner freno a dicha situación.

 

EL PLAN DE ENSANCHE: ALGUNAS PROPUESTAS

En este contexto, la caída de las murallas abría un nuevo debate: ¿Cómo debía crecer la ciudad? ¿Cuál debía ser el plan rector para desarrollar dicho crecimiento? Así, puestos en contexto, Barcelona se encontraba rodeada de pequeños núcleos urbanos. La Vil·la de Gràcia, Sant Andreu del Palomar, Santa María de Sants, Sant Martí de Provençals y otras tantas pequeñas urbes que rodeaban el perímetro del entonces término municipal de la ciudad.

Sin embargo, un vasto terreno, por aquel entonces, todavía agrícola, debía subyugarse a un plan de ensanche urbano sin parangón. Desde que las murallas fueron derruidas, el gobierno municipal se encontraba inmerso en dar solución a cómo abordar dicho plan. De entrada, propuestas no faltaron. Lo que se ofrece a continuación es el detalle de algunas de ellas que, en ningún caso, resultaron ganadoras.

Así, Fransesc Soler i Glòria (Fig. 1) optó por proponer un modelo en base al cual la ciudad se ordenaría mediante una doble malla que se desarrollaría por medio de un eje que debía emanar de la ciudad antigua y que la atravesaría, a la vez que, en su proyecto, priorizaba ciertas calles que debían desarrollar el rol de avenidas y en cuyas intersecciones se generarían plazas. Si bien propuso la integración de una zona industrial cerca del puerto (asimilable a la actual Zona Franca), el modelo no dejaba de ser insuficiente, simple y poco ambicioso.

Fig. 1. Proyecto de ensanche de Fransesc Soler i Glòria

Por otro lado, Miquel Garriga i Roca (Fig. 2), presentó un compendio de proyectos entre los que destacaba una propuesta muy encarada a la óptima conexión con la Vil·la de Gràcia. Primeramente, se trazaría una vía que comunicaba la Rambla con el actual Carrer Gran de Gràcia. Esta vía rectilínea cruzaba casi perpendicularmente a un eje longitudinal entre la ciudad antigua y el núcleo urbano de dicha villa mediante el cual se desarrollaría simétricamente el nuevo ensanche, con seis pequeñas plazas distribuidas en ambos lados y una plaza central a modo de foro romano. El vial que se utilizaría como eje de simetría se debía cerrar mediante dos grandes espacios con una edificación central monumental, de las cuales emanarían un haz de vías radiales. A la vista actual, el proyecto de Garriga i Roca peca de crear una ciudad intermedia que, en su extensión, no lograba en absoluto cohesionar nada, sino más bien fagocitar uno y otro extremo sin resolver lo que éste pretendía.

Fig. 2. Proyecto de ensanche de Miquel Garriga i Roca

Para terminar este capítulo, se estudiará el proyecto realizado por Josep Fontserè i Mestre (Fig. 3). Se trata del más heterogéneo, morfológicamente hablando, de todos los planes presentados. Cada manzana es distinta a las demás. Sin embargo, aun disponiendo de ejes conectores que generarían distintas centralidades y de dar una solución suficientemente razonable con respecto a algunos de los entonces municipios periféricos, peca de un formalismo absurdo. En este sentido, hay que sacar a colación la distribución de las viviendas conforme a los escudos de Catalunya y Barcelona. Este extremo, aun presentando buenas intenciones, no deja de ser algo banal y frívolo; pues la lectura se realizaría únicamente desde la planimetría ya que a nivel de suelo nadie se percataría de esas conexiones formales.

 

Fig. 3. Proyecto de ensanche de Josep Fontserè i Mestere

 

EL PLAN GANADOR DE ANTONI ROVIRA I TRIAS

El Ayuntamiento de Barcelona, tras estudiar las distintas propuestas, finalmente falló el 10 de octubre de 1859. Todos los miembros del jurado apostaron por el plan de Antoni Rovira i Trias (Fig. 4). Éste se basaba en un modelo radial que partía de la ciudad antigua mediante cuatro viales principales. Asimismo constaba de una gran plaza pública en el lugar en el cual se encuentra, actualmente, la Plaza de Catalunya.

Fig. 4. Proyecto de ensanche de Antoni Rovira i Trias

El plan de Rovira i Trias, por lo tanto, establecía una jerarquía gradual en tanto que por su radialidad, cuanto más cerca del centro, mayor valor inmobiliario se dispondría. Consecuentemente, la tendencia opuesta implicaría la disminución de dicho valor. Se trataba pues de un plan pensado especialmente para la burguesía y que perjudicaba a las clases más populares; pues éstas se verían desplazadas hacia las zonas más periféricas de la ciudad.

Sin embargo, el proyecto de Rovia i Trias, pese al consenso que generó en el jurado barcelonés fue rechazado por el gobierno central que, a golpe de orden real, impuso el modelo del ingeniero Ildefons Cerdà. De este modo, se adoptaba un modelo de ciudad diametralmente opuesto, tanto en la forma como en el fondo, al plan ganador municipal.

 

 

LA IMPOSICIÓN DEFINITIVA DEL PLAN CERDÀ

Más allá de afines o detractores, de elevar sus virtudes o profundizar en sus defectos, lo que no hay duda es de que el Plan Cerdà (Fig. 5) fue impuesto desde unas instancias de poder muy alejadas de las que realmente tenían la potestad legítima de deliberar entorno a cuestiones de naturaleza urbanística. Pues cabe tener en cuenta que estas se ceñían exclusivamente sobre la ciudad de Barcelona y sobre sus municipios circundantes.

Fig. 5. Proyecto de ensanche de Ildefons Cerdà

En todo caso, este hecho no pasó desapercibido por parte de las élites burguesas o de los círculos afines a ellas. Como ejemplo, el llamado Modernismo catalán –la corriente del Art Noveau que prendió en Catalunya- reaccionó ante este modelo urbanístico. Paradigmática es, en este sentido, la construcción, por parte del arquitecto Lluís Doménech i Montaner del trazado de la actual Avenida Gaudí que corta transversal –y deliberadamente- la gran malla de Illdefons Cerdà –respecto de la cual se tratará a continuación-, casi como acto de rebeldía.

Sin embargo, dichas acciones son escasas y lo cierto es que, como se verá a continuación, el Plan Cerdà se adultera por las inercias especulativas que se contrajeron durante su ejecución. Será interesante, en este sentido, poder analizar, en primer lugar, que características presentaba dicho proyecto en base a su planimetría. Más adelante ya se entrará a valorar su ejecución.

 

PLAN CERDÀ: LA IDEA ORIGINARIA

El proyecto de ensanche que planteó Cerdà se basaría, grosso modo, en la aplicación de una retícula viaria cuya manzana estándar partía de un modelo cuadrado, achaflanado en cada uno de sus cuatro costados. A su vez, dicha retícula se cortaría por dos largas avenidas y se reforzaría por una tercera más ancha, integrada dentro de la estructura ortogonal. La confluencia de estos tres viales (actualmente la Palza de las Glòres) daría lugar a un espacio que debía reflejar la nueva centralidad urbana, desplazándose, de este modo, desde el centro histórico hacia el noreste de la ciudad. A nivel viario, cabe resaltar, también, la agradecida anchura de las calles que, en función de sus características, oscilaría entre los 20 y los 50 metros.

Sobre las cuestiones relativas a la edificación, Cerdà planeó que las manzanas debían ser abiertas o comunitarias. De este modo, de los cuatro costados de la manzana debían construirse solamente dos pastillas opuestas y paralelas entre sí o, como mucho, en zonas más densas, tres pastillas de edificación, dejando, en todo caso, un costado de la manzana sin edificar. Eso, en primer lugar, permitiría evitar una densidad excesiva. Por el otro extremo, el hecho de no cerrar la manzana permite una óptima insolación e higienización de las viviendas.

En ese sentido, también hay que hablar del chaflán. En Barcelona, la gran diferencia con respecto a otros modelos reticulares de ciudad es la introducción de dichos elementos que tienen, a su vez, dos aspectos clave. En primer lugar, la ordenación y racionalización del tráfico –que, en aquel tiempo, todavía era formado por el carro de caballo-, optimizando el sistema de giros de los vehículos y de los flujos de movimiento de los mismos. Por el otro, la higienización e iluminación del espacio tanto público como privado. En este sentido, el espacio definido en cada intersección genera un conjunto de pequeñas plazas mientras que, en el interior de las viviendas, pueden gozar de grandes cantidades de luz natural.

En resumen, el Plan Cerdà es radicalmente opuesto al de Rovira i Trias. Pues si el último plantea, como se ha dicho, una ciudad jerarquizada, el primero configura un modelo igualitario, neutro e isotópico. De este modo, la gran malla de Cerdà puede extenderse idealmente ad infinitum, en tanto que no prende de un marcado punto nuclear –a excepción de la intersección de las avenidas ya mencionadas-. El modelo Cerdà, tiende más a objetivar y a matematizar el espacio, en consonancia con las necesidades sociales de la clase obrera; a la vez que se aleja de los estandartes de las pretensiones burguesas.

 

LA EJECUCIÓN DEL PLAN CERDÀ

El 14 de setiembre de 1860 la reina Isabel II colocaba, al fin, la primera piedra del futuro ensanche de Barcelona en una ubicación cercana a la actual Plaza de Catalunya. Durante las primeras tres décadas el crecimiento fue lento. Sin embargo, la celebración de la Exposición Universal de 1888, así como el advenimiento del movimiento Modernista favoreció claramente la ocupación del terreno que Cerdà había delimitado años antes. Tampoco es menor el hecho de que dos piezas tan singulares como es el Templo de la Sagrada Familia y el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, optaran por trasladarse a uno de los extremos del enanche mismo; dando lugar a un efecto centrípeto.

Así, lo que al principio fue un crecimiento limitado y débil, terminó por generar un gran impulso constructivo muy notable, ya a principios del siglo XX. La guinda del pastel fue la extensión de la red de tranvía así como el inicio del funcionamiento de un nuevo sistema de transporte: el metro. Lo periférico, pues adquiría centralidad. Los municipios circundantes, también, terminaron por integrarse a la gran urbe que ya empezaba a ser Barcelona. Progresivamente, las zonas agrícolas iban disminuyendo su presencia mientras se consolidaba ya, el conocido como ‘L’Eixample’ (expresado terminológicamente en catalán).

La fuerte demanda, sin embargo, conllevó la alteración de las ideas de Illdefons Cerdà. De este modo, las manzanas no respetaron la ordenación que éste había previsto, sino que por inercias del mercado y derivado de las intensas tensiones especulativas, se construyó en todo el perímetro de la manzana, desvirtuando el revolucionario proyecto del ingeniero. Así, L’Eixample, aun conservando la estructura reticular achaflanada, no logró ser esa ciudad ideal que planificó Cerdà.

 

CONCLUSIÓN

No hay duda de que, más allá de los fracasos relativos con respecto a lo ideado en el modelo original –que no deja de ser utópico-, el trazado de L’Eixample barcelonés, sigue siendo revolucionario. En primer lugar, la compacidad de la ciudad ha logrado revertir las tendencias a la zonificación de los espacios que propugnaban los vanguardistas de principios de siglo XX. Sin embargo, éste ha mostrado la plena capacidad para poder incorporar usos distintos dentro de su malla urbana, constituyéndose, así, como un ejemplo perfecto de ciudad sostenible. Revolucionaria en pleno siglo XXI, pero más si se tiene en cuenta que la concepción de dicho modelo es de hace casi dos siglos.

Del mismo modo, el elemento más sui generis de dicho plan, no solo ha sido visionario, sino que constituye su hecho identificador; esto es, el chaflán. De hecho, esta característica rompe con el clásico modelo hipodámico presente en tantas otras ciudades, para alumbrar una ciudad llena de ‘plazas’ en cada una de sus esquinas. La oscura Barcelona antigua, pues, se contrapone a una urbe plena, de luz y de aire.

Finalmente, cabe mirar al futuro. En este sentido, será interesante el ver cómo se desarrollará el proyecto de las Superilles (Supermanzanas). De este modo, parafraseando a Cerdà, hay que inducir la urbanización de lo rural pero, a la vez, debe ruralizarse lo urbano. El cómo se lleva a cabo este extremo de un modo equilibrado y fiel a los principios que el mismo Cerdà ideó constituirá uno de los aspectos nucleares. El otro, será el modo de desarrollar los distintos flujos de tráfico y la instauración de una red metropolitana de transporte público de calidad. De ambos factores dependerá el éxito o el fracaso del proyecto más ambicioso que se ha planteado sobre L’Eixample desde su misma constitución.